sábado, 29 de agosto de 2015

Atravieso un parque, atravieso un bosque. La súbita dualidad. Por primera vez en varios días no hay luz, y el bosque es oscuridad, y la oscuridad es clara y fresca entre las ramas. Siento la luna en el fondo de mi piel, salpicando. Siento el aliento de una cordero en la maleza, su lenta respiración, su suave masticado.
Atravieso el bosque, pero es el sonido de un río el que viene de lejos, al final. Las piedras y guijarros que llevan mis dedos, que llevarán las aguas, en un cauce, en un destino. Pero de las dos orillas, cuál de las dos cruzar. Cruzar al otro lado. Las suaves lianas, las suaves melenas que intuyo; el duro abeto que me apoya ahora, cuando enciendo un cigarrillo y observo el cauce que llega. El agua no es turbulenta, el agua nunca puede ser más que lo que es: un metal precioso, al fondo, el ungüento de cada sueño, en la frente, una señal en medio del desierto. El agua no es turbulenta, pero, cuál de las dos orillas ostenta la pasión. El duro abeto que me apoya, no habla, y el cordero ha seguido los pasos, murmurando, su respiración, por detrás de mí. Espera para observar, observar en la espera. Cruzar es el problema, siempre lo ha sido. Antes de atravesar parques que eran bosques, recuerdo, nunca quería cruzar los ríos, ni siquiera los charcos, ni siquiera las pantallas de televisión. Permanecía contemplando, como ahora, las manos que desde la otra orilla saludaban, bañadores y alpargatas que saltan y se escinden, mosquitos que saludan a la luz. Pero ahora, por primera vez en varios días, no hay luz, y por eso respiro desde el beso, y por eso aspiro en la mano, y exhalo la pluma que un papagayo dejó caer sobre mi almohada. Esa es la realidad, es lo único que puedo repetirme, recordando las manos que saludaban desde la otra orilla cuando no me decidía a cruzar, esa es la realidad. La pluma. La mano llena de culebras que se entrelazan hasta el centro de su propio corazón. El beso que se abre y se extiende como un túnel hacia las ocultas profundidades. (mientras, en silencio, el cordero se ha apoyado al otro lado del duro abeto y ahora duerme, convencido, sabiendo que no será hoy el día que me vea cruzar)
Atravieso un parque, atravieso un bosque. La súbita dualidad. Por primera vez en varios días abro los ojos, y no hay luz, y la oscuridad es una siesta, y siento el agua que corre por mis pies. El cordero me observa desde el otro lado, desde cuál. Él es el testigo, entre la maleza, sus ojos, la convicción. Mis piernas son las piernas de un gigante, mi espalda es un abeto que crece entre medias del río, todo el bosque, todo el sonido, se cierra y se abre. Respiro, y la hierba vive. Respiro, y la luz vuelve a caer. Abro los ojos, me observo a mí mismo: cada pie en una orilla, cada mano que sujeta, entre medias, meando sobre el río, este es mi caudal. Una meada infinita.

domingo, 31 de mayo de 2015

Las manos se entrelazan, el olor nace de una silla donde los dos se sientan, uno sobre el otro sobre el uno sobre los dos, un abrazo donde el aroma de sus cabellos se mezcla pero, dime, ¿cómo ser el otro? No es un juego, no es un pilar, es algo parecido a un sonido o a esa armonía que dos instrumentos hacen vibrar, lejos de ellos, muy cerca.
Dime, ¿cómo recorrer el camino perdido?
Las manos se entrelazan, el olor se esparce desde la silla y ahora descubro sus cuerpos desnudos, su piel voluntad, los pianos que tocaban desde pequeños en la calle de una sinrazón aparente que los llevaba hacia ¿dónde?, un camino que acaba o que empiece en esa silla no puede conducir más que a su propia brecha, su propio comienzo y final. Quizá por eso se entrelazan como gatos arrebujados en el seno de un parto, ellos, que acaban de nacer para el otro, ¿es eso entrar?
No hay recuerdo porque el movimiento es sólo acción, pero qué manos se abren para dejar pasar. La mirada no es un camino, por mucho que abran sus ojos a pocos milímetros el uno del otro y sientan que la piel se quema por debajo, que no hay nada más profundo que la superficie de sus dedos rozando los labios.
Quizá, el olor que nace de una silla donde los dos se sientan, un olor que se esparce y crece como la mata de hierbabuena que inunda el salón, hacia el cielo donde los cometas, hacia Berenice la constelación un lugar donde las lenguas son camiones, una carretera de cisnes y caballos que galopan en el viento de una superficie que se engarza, al final, una carretera y la cabaña en el bosque que la guarda, donde en la silla desaparecen los cuerpos porque el aroma, quizá, es el sabor que se mezcla en una única solución.

domingo, 10 de mayo de 2015

¿Conoces el camino a Truxia?
Tuerce a la izquierda en el cruce de palabras. Entra en la frutería para aspirar el olor de los tomates que crecen en los niños, una puerta trasera que abre la plaza, llena de nubes, y si te sientes perdida sólo tienes que dejarte llevar, flotar sobre las terrazas de agua, palpar con los dedos en el aire, sus líneas que surcan y te llevan hasta las puertas de la ciudadela: los guardias son amables allí, llevan casacas doradas y sables gigantes con dientes de mamut, pero no les preguntes: ellos sólo hablan del revés y sus palabras se tuercen y caen siempre al suelo como si fuesen trozos de metal. En las calles, los gatos bailan con sus ukeleles y las mujeres que pasan al mirar sueltan sus monedas para que puedan lamer de sus platitos de leche y miel. En Truxia, las mujeres se pintan de azul sus cuellos y caminan con los escotes como sonrisas. Hay un parque inmenso donde las sandalias cuelgan como frutos de los árboles, un lago donde los barcos son de papel, una isla y su palacio de cristal, lleno de triángulos isósceles.
Puede parecer difícil al principio. 
Hay que concentrarse. 
Hay que aprender a olvidar. 
Cerrar los ojos para empezar a ver. 
A mí me pasó por la noche, cuando todos bebíamos con las jarras del revés. Las mesas eran enormes como barcos y las camareras traían ocho jarras en cada brazo, salpicando, desparramando alegrías cuando se inclinaban sobre la mesa y en sus escotes podías ver los dibujos que los niños pintaban con acuarelas al otro lado de la barra. Bebimos de un trago la cerveza. Y el truco era este: cuando la cerveza se terminaba, ponías la jarra del revés y volvías a beber el líquido del otro lado. Sabroso. Gélido. Claro, había que aguantar el ardor del primer intento, y Eric se desplomó sobre la mesa y empezó a roncar. De alguna forma, todos miramos sus ronquidos, como hilos de seda que salían de sí e iban a enlazarse con el sonido de la banda que, allá al fondo, empezaba a tocar un vals improvisado de contrabajos y un laúd. Los ronquidos de Eric llevaban el compás, y la banda tocaba por encima como si caminase sobre cada una de sus respiraciones. 
El segundo en caer fue César, y luego Agustín, y al final sólo quedábamos dos en una mesa llena de marineros aplastados y cigarrillos que se apagaban en la madera. No había otra más. ¡Ronda! ¿Cuándo terminaríamos de beber? La camarera volvió con tres jarras enormes. Dos para nosotros, una para ella y su final de turno, y en su escote estaba escrito el poema del viento que siempre intento recitar por las mañanas y que, normalmente, se me escapa de entre los labios y sale por la ventana para perderse por las calles de la ciudad. El poema del viento estaba allí, entre sus tetas, al menos sus primeros versos (canción canción, canción que guardas secretos) porque la estrofa final se escondía debajo del último botón de su camisa y ella sonreía, claro, sabiendo que lo que se esconde es lo que hay que recoger con los labios, bebiendo de ese otro manantial. Alzamos las jarras, los tres, y las jarras chocaron en el aire, salpicando palabras que caían como gotas sobre la mesa y aullaban animando el solo de un contrabajo que aporreaba cerca de las puertas del baño. Ella nos miró, la camarera, bebiendo el último sorbo del revés, inclinando la boca hacia los labios que esperaban, cuando cerré los ojos y al abrirlos, ella ya no estaba allí. Y el otro tampoco. ¿Quién me había acompañado en el último trago? No recordaba su nombre. A lo mejor había estado solo, a lo mejor el otro se había fugado con las palabras de entre sus tetas y ahora las estaría arrancando para leer su final, para saborearlo como un postre lleno de fresas y azúcar.
De verdad, era todo un poco confuso. La banda hacía su descanso y los ronquidos de Eric también. Sentía las mejillas llenas de tomates, hinchadas, como si en cualquier momento fuesen a crecer brotes y enredaderas de entre los poros de mi piel y pudiese sacar de allí alguna semilla para plantar más tarde. Pensé, necesito frío, claridad. No. Ese es el problema, en realidad necesitaba caminar despacio hacia el baño, esquivando otras mesas, sorteando instrumentos de otras bandas que se amontonaban en el suelo, esperando a que saliesen de las parejas los tornos, esperando a que el laúd terminase de mear, esperando a que el espejo del baño se empañase con mi aliento, cuando descubrí las letras ahí escritas que algún dedo sinuoso había dejado como un recado, para mí, para cualquiera.

Canción canción
canción que guardas secretos,
hincha la vela en tus pezones
suelta el grito de libertad.
Ahora,
en un momento,
la tierra al otro lado del agua
aparece la ciudad y en su nombre,
Truxia,
bebe de mis carnes.
  
Cuando salí del baño todo era una sonrisa. Qué otra cosa podía ser. El bar se había vaciado de instrumentos y de mesas. Los gatos se habían subido a la barra y observaban el sonido de mis pasos. En el centro, ella parecía esperarme. Sus palabras desenfocadas en el escote, inservibles ya. Su cuello pintado de azul. Su sonrisa abierta, gigante, como un túnel al que me acercaba despacio, un poco temeroso, pisando suavemente no fuese a caer. Una sonrisa que se abrió del todo cuando estuve a punto de rozar, la boca de una ballena azul, tragándome, en negro al principio, oscuro, revolcado entre las aguas, salpicando arbustos y algas que se me enredaban entre las manos, yendo a caer al borde de la playa donde, con sus sombrillas y sus sables de mamut, los guardias esperaban para darme la bienvenida: una jarra de bronce donde el líquido nunca se puede terminar.
Lo primero fue beber (no hay nada más rico). Lo segundo, intercambiar palabras con mis manos para reconocer que el sitio era también para ellas. Lo tercero, ahora sí, fue pensar en ti, quienquiera que seas. Sentir que ese sitio te pertenecía de la misma forma, que también había un lugar para tus manos y tus miedos, para tus sonrisas llenas de tomates, para las palabras que a ti también se te escapan por una ventana cuando, cada mañana, intentas recitar al viento y la ciudad se lo queda para sí.
Sí. Las palabras son un mapa lleno de aire. Un dibujo salpicado sobre tu piel. Ellas conocen el camino, pero hay que dejarlas respirar. Tuerce a la izquierda en el cruce, una puerta trasera, aspira el olor. Claro que sabes el camino a Truxia. Empieza cerrando los ojos.

viernes, 3 de abril de 2015

Cuántas veces pensé en ese cordero que se detenía arriba de un campanario, observando las motas de hombres que se deshacían ahí abajo, observando los charcos de abrigos y camisetas y calzoncillos que caían desde las nubes donde todos se desnudan. Pensé en ese cordero porque quería ser así, un observador desde la punta de un campanario, simplemente apuntando a granel la historia que pasaba por delante, las plumas que flotan cayendo levemente desde las manos de guantes serenos que miman todo el follón. Quién era el cordero sino un ojo, una lente que acopiaba los reflejos, que podía decir: ella salió de entre las ramas de un capó, ella cuyos ojos se abrían para el mundo, de pronto, viéndole caminar como un saltamontes averiado por entre los coches, ella que le siguió por la calle, tendiendo sus dos piernas para que apoyase todo el dolor, un dolor que se compartía, un dolor que se enyesaba como en lo alto de un andamio donde la obra siempre está a medio empezar. Un ojo que podía decir: él se escurrió como un riachuelo de heridas, él apareció en mitad del parque para terminar todas las latas de cerveza, él aplastó las piedras contra la luna, gritando con los labios cerrados, esperando que algo sucediese como un árbol puede acontecer, cuando la vio, como un reflejo en el lago del parque, bailando con el fuego que giraba desde sus manos, entre sus dedos pequeños de mantequilla y aguarrás, un fuego que iluminaba sus ojos enormes y ligeramente caídos que le daban el aspecto de un payaso triste que no puede dejar de sonreír. Un ojo que podía decir: ella sintió la brisa en una mano, ella sintió que todo podía correr como un galgo que se pierde a toda luz por el desierto, ella vio sus manos que apretaban las hojas de una parra y supo que el galgo se perdería y que el galgo acabaría tendido a la busca de un oasis que nunca existe y que el galgo yacería hincando sus pulmones en una última lluvia de estrellas, pero supo que sería un galgo que había visto al último mohicano danzar entre las balas, supo que sería un galgo como no podía ser de otra forma y por eso ella se acercó y apretó a su lado las hojas de una parra con la que todo podía comenzar.

Cuántas veces pensé en el cordero, intentando levantar los papeles para llegar hasta esa punta del campanario desde donde pudiese ver. Cuántas veces repetí esa palabra, ver ver ver. Nunca pensé que la palabra cambiase, desde mí, y se convirtiese en, hacer hacer hacer. Nunca imaginé que el cordero podría ser atravesado por el tronco de un sauce, por la punta de un buque varado en alta mar, por la astilla más fina de los bordes de una piragua. Las moscas hacen ahora su trabajo. Las voces hacen la canción de la palabrería. Mis manos hacen ahora lo único que aprendieron, intentando trepar por una pared lisa donde ya no se esconde la atalaya de observación sino la cárcel de un secreto: cómo rozar sus manos en la hoja de parra sin que todo desaparezca.

Cuántas veces pensé, y ahora sólo pienso en el desierto para zambullirme entre sus pecas, muy dentro de sus ojos, en la arena de sus carnes, esperando todas esas balas que se lancen contra mí.

martes, 31 de marzo de 2015

Soy una maravillosa herida que se abre para sangrar, ese liquido que alimenta a los muertos y a nuestros ancestros y solo puede tener un nombre de inconfundible sabor marino.
Soy ese líquido que empapa mis entrañas de un extraño furor, vivo y cristalino, que encoge solo cuando en una confidencia a mis hermanos, hablo de él.
Porque es un secreto que cualquiera esconde, una mirada llena de matices calcedonios, una gigantesca cúpula de cristal bajo la cual se alzan los arboles mas grandes de la primavera.
Soy un microbio inundado de sal de baño, soy esa herida en el mundo, el único percusionista de una banda de jazz que clama por las calles la vuelta de cada flor para cada dama.
Soy una maravillosa herida que se abre para sangrar. Y una vez abierta, nunca para.

lunes, 30 de marzo de 2015

Soy un lobo que camina entre higos aplastados, por un campo de remolachas que se extiende hasta el sacromonte, rodeado de árboles en fila que parecen todos ellos magullados por un viento que en realidad, ha tiempo murió.
Soy un lobo con el peso del amor en mis mejillas, abriendo camino tan sólo por caminar, quizá, para olvidarme de que hay otros que también existen, quizá, para encontrar un vaso de plata donde sus mejillas reflejen, a lo lejos, colgando de una estrella, hablando de luciérnagas con una luna que no deja de bostezar. Todas sus sonrisas. Todos sus piñones. Todo el calor que se encendía en sus mofletes, como los yunques que preparaban la espada que me cortó en dos, cuando abría sus carrillos para sonreírme, a punto de susurrar cualquier nimiedad.
No sé por qué camino. No sé por qué digo que son remolachas los sombreros de esta otra gente que me roza (tan sólo el hombro, tan sólo el dedo meñique que siempre se me escapa, rebelde, hacia otro lugar), los árboles estas farolas de gas que apenas parpadean, los higos. Los higos son todo lo que pueden ser, pero no son nada sin sus sombras, en esta ciudad donde cada hombre lleva el peso del mundo en sus hombros, algunos en mochilas, otros colgando como trenzas que se alargan, otros tantos como yo, escondidas sus toneladas de amor bajo capas de piel y mejillas que siempre vuelven y siempre resisten.
Nadie se ve y quizá por eso me detengo. Tengo que parar para coger aire en esta bomba que se hincha y se abre muy dentro (muy abajo), y me detengo, frente a los espejos de una casa que siempre parece del revés. Nadie se mira en sus espejos, quizá, porque todos comprenden que el reflejo será siempre más valioso, más profundo, indudablemente más bello, pero un reflejo al otro lado: inalcanzable objeto de deseo lleno de dolor. Un reflejo que me mira y pestañea cuando cierro los ojos; un reflejo que alarga su fino dedo de mermelada y pastel que no puedo probar; un reflejo que cierra sus contornos cuando yo abro los míos, y camina, camina suavemente (casi bailando) por el resto de espejos que se enredan como la hiedra en la fachada de esta casa puesta del revés. No puedo seguirla hasta donde me llevan sus pasos. Es imposible, es inmaterial. El otro no existe más allá de esa puerta, y cierro los ojos abriendo el dintel, abriéndome paso por el basurero que, en el interior, muestran sus paredes.
Ella no puede existir aquí dentro. Sólo existen sillas mahometanas con los cojines manchados de sangre, una mesa de alabastros partidos y maderas rotas que ya no sostienen, dos cuadros que se tuercen llenos de orzuelos en la pared, un candelabro que, seguramente, iluminó en otro tiempo a todos los niños perdidos que se arrejuntaban aquí en torno al fuego, contando historias llenas de silencio en las noches más especiales que nadie podía compartir. Pero recorro las habitaciones, los muebles destrozados, las camas cuyo dosel se vino abajo por el peso de un polvo que nadie podía remediar, las ventanas tapiadas tras esos espejos que, ahora lo sé, se quedan afuera para envolver lo que aquí nadie debería ser dado a ver. Porque en la muerte, los otros se esparcen y desaparecen como el agua se esparce por una superficie de coral. Y sólo quedan trastos irremediablemente llenos, este vaso de plata que ahora sostengo frente a mí, sin líquido alguno ni ambarino, nada más que el aire o las partículas que lo sostengan, irremediablemente inservible, lleno para siempre de la última mano que lo bebió, sin ningún otro reflejo que mostrar. Ella no puede existir entre estas paredes y ni siquiera sé si ya la busco, si estudio sus pestañas que sé perdidas, muy cerca, en alguna bocacalle o escalera, sentada en su interior, seguramente con una botella de vodka entre sus piernas delgadas que nunca dejaban de sonreír.
No quiero más reflejos, no quiero más espejos donde mirarla evanescente, perdida, angosta entre los marcos que siempre pierden un milímetro de su figura al traspasar la imagen de uno a otro. No podría soportar otro reflejo, no esta noche. Y quizá por eso me detengo en la puerta, me hundo en la puerta, en la espera, de quedar, entre las paredes de la muerte, entre trastos rotos que se amontonan por los pasillos, de salir, entre farolas que humeen las mentiras y esos sombreros que apenas me rocen al pasar, un roce ya sin significado (tan remoto su sentido común), quizá, salir a esas calles, entre remolachas que se extiendan brillantes hasta el sacromonte, donde ella podrá tener su castillo y su baraja, jugando cada noche con miles de tipos que apuestan fuerte pero que nunca la intimidan. No, esa es su historia, esas son sus cartas. Todos tienen una. Detenido en la puerta, dentro de esta casa infame, me siento, me hundo en los techos de cada pared, me diluyo en esta hoja de porcelana que se escribe sola sin detenerse, desaparezco como el mundo, sin sollozos, como un sueño en el que la última imagen fueron sus cejas torcidas e irregulares, las únicas que vi así, las más bonitas que ningún reflejo pudo nunca haber dado.

viernes, 6 de marzo de 2015

Volver a un lugar donde todo está cargado.
Cada pared que pesa de azul, pequeña.
Cada estantería que contiene una mota en apariencia diminuta, minúscula,
arrojada a este suelo de moquetas duras y apaleadas donde solía tumbarme para soñar.
Te pido que me creas, porque sólo puedo contarlo para ti.
Observo cada mota, me tumbo, me esparzo, me deshago sobre esta moqueta para mirar de cerca lo que me dijiste: soy yo.
No, no puedes estar aquí pues no deseo nada más que el misterio.
Y esto no es, el lugar donde nacen los caballos ebrios y los monjes que esperan la palabra.
Esta no fue tu cuna ni tu caldero.
Cómo podría serlo, si las motas no se pueden mover, si te lo dije y no me creíste: las motas son diminutos yunques de hormigón que atraviesan el tiempo y se clavan entre nosotros.
Entre tus ojos,
siempre amarillos,
que me esperan junto a la brisa del mar, en aquel desfiladero.
Tu oleaje.
Tu tersa manta que me atraviesa en dos.
Tus piernas diminutas que parecen derretirse entre mis dedos de chocolate.
Me dijiste: búscame.
Y estoy aquí, tumbado sobre la moqueta para saber si soñé con este momento, si te soñé volviéndome a soñar.
Y espero,
espero,
pero sólo hay ruidos de alcantarillas, martillazos al atardecer,
y no apareces ni te muestras entre las sombras de una habitación que manchó de carmín mis venas.

No hay nada que agarrar, no hay asideros ni volcanes que escupan la sandalia en recompensa.
No: este no es lugar para volver, mi pequeña.
Este no es tu lugar sino un torbellino que algún loco pensó construir a su alrededor.
Estas son paredes de gloria antigua que me observan dejándome atrás.
Estas estanterías que recubren los ladrillos que alguien, una vez, osó pintar del color del mar.
Una lagartija que aparece y vuelve a desaparecer entre una mota.
Una mosca que algún día intenté seducir con palabras pluscuamperfectas y que yace aplastada, a mi lado.
Un animal que se pasea desnudo por los solares de mi habitación y se encarama a mi espalda aún tumbada.
Sí, pequeña, aún sigo aquí.
Porque esta es la trampa del destino.
Volver para arrastrarse.
Volver y que el peso te tumbe sobre una moqueta dura y apaleada de otros días ya pasados.
Que sólo me quede la imagen de tus ojos que me esperan junto a la brisa del mar.
Tu oleaje, entre las rocas.
Tus cortos mechones que me clavan en dos.
Tus brazos diminutos que parecen derretirse cuando los imagino levantándome, ahora, alzándome como un yoyó por encima del suelo y la moqueta.
Por eso te pido que me creas: sigo aquí,
y es imposible.

jueves, 5 de marzo de 2015


De verdad parecía que le salían alitas por la espalda.
Alitas diminutas, como si una mosca o una libélula que cuando la ves y la piensas dices, si ni siquiera mueve el aire para volar, porque claro, no necesitan nada para volar si ya de por sí vuelan, pero aquel hombre no tenía alitas de por sí: le salían. Y al principio era raro comprender (pensar) que le salían alitas de la espalda porque estaba sentado con los pies dentro del agua mirando el lago sin nada más que hacer que mirar el lago. Creo que no era que esperase nada, nada en particular, ni que estuviese matando el tiempo como suele decir mi madre cuando pone una peli y dice, vamos a matar el tiempo un rato. En realidad, creo que había algo en el lago que podía reconocer y como él no se daba cuenta de que le salían alitas en la espalda, todo era sencillo.
Podría ser que estuviese muerto aunque tampoco habría cambiado mucho su mirada sobre el lago y es que siempre me digo por las noches que estar muerto es como estar en un sueño larguísimo con esas imágenes que vienen y van y sólo puedes abrir la boca un poco y dejar que caiga la babilla así como en hilillo mientras esas imágenes te pasean por la hierba. Por eso no habría cambiado mucho, porque él miraba el lago y nada más, y también miraba el lago y todo más, vamos que creo que había una relación directa entre que el señor del sombrero mirase el lago de esa forma y que le saliesen esas alitas en la espalda que sólo yo veía (no porque sea especial, sino porque no había nadie más allí y yo acababa de comprarme un refresco en una máquina vieja y me lo tomaba despacio observando la espalda del hombre con sombrero que tenía los pies en el agua del lago).
Al final no pude evitar y me olvidé del refresco y supongo que quedó en una de esas mesas de madera que son como de picnic y que cuando no hay nadie parecen señales tráfico o señales de que hubo allí una guerra o una catástrofe o algo así, y por eso creo que me olvidé el refresco, porque me levanté despacio, muy muy despacio, como si tuviese miedo de que las alitas desapareciesen de la espalda del hombre si hacía algún ruido o algún movimiento brusco y me acerqué, lentamente. Las olí, u olí su espalda o la espalda-alitas que yo creo que venían a ser lo mismo y al olerlas era como si las tocase y las viese y todo a la vez y me di cuenta de que el hombre movía los pies dentro del agua con un ritmo muy constante como si allí debajo hubiese una bicicleta y él estuviese pedaleando para llegar a lo más profundo del lago, lo que era un poco extraño porque si pensaba en alas de libélula pensaba verle volar y si pensaba en los pies pedaleando pensaba en verle hundirse (también puede que sea lo mismo pero en diferentes planos). El problema es que me entraron ganas de olerle los pies para ver si olían como las alas y podía tocarlos y verlos sin tocarlos en realidad y, bueno, me incliné demasiado y el hombre pegó un respingo: el sombrero le cayó al agua y se le puso cara de enfado comprensible pero también una cara como si le hubiese pillado su madre a media faena de automanoseo, lo que me sorprendió un poco y enseguida me noté muy rojo como cuando me dicen qué dedos más monos y pensé en salir de allí o por lo menos disculparme pero en vez de eso le dije:
-Espero que haya encontrado al pez pájaro antes de.
Y él me interrumpió con los ojos como enredaderas que me iban cubriendo todo el rostro:
-Siempre. Un placer.
Y se tiró al agua creo que a buscar su sombrero, pero el sombrero seguía allí a pocos metros flotando y al hombre no se le veía por ningún lado. Por un segundo tuve un poco de miedo de que se fuese a ahogar pero luego comprendí (yo creo que sin pensar) que si tenía alas en su espalda también tendría branquias en los dedos y no los había visto por eso de fijarme todo el rato en su espalda y luego en sus ojos que eran verdes y enredaderas. Me sacudí, pero era raro, como si la piel fuese también musgo y no pudiese sacudirme del todo, así que seguí caminando bordeando el lago para ver si veía al hombre en algún momento.

No le vi, y tampoco sentí pena por él ni porque ya no estuviese allí, lo que sentí fueron unas ganas enormes de quedarme millones de horas de día y de noche mirando la superficie del lago, que se había vuelto plato, a ver si veía algún pez pájaro de repente, pero pensé en mi madre y pensé que le daría mucha pena no volver a pedirme que bajase la basura o que viésemos una peli tranquilamente después de una cena rica, así que seguí caminando y al final di la vuelta entera al lago y volví a casa.



lunes, 23 de febrero de 2015

No sé qué hacer cuando las fauces se abren
cuando los dedos señalan desde esa esquina oscura,
donde ellas sonríen con las piernas abiertas
y una espada de honestidad en sus carmines y coloretes,
un símbolo del son que son sus manos
indicando el camino donde todo puede pasar.

No sé qué hacer cuando el invierno acontece,
cuando se ocultan las señas
y el inventor de aquel barco se esparce por las marismas.
No sé qué fue de las alegrías cantadas por tango,
ni de esa pizza de corral que cogían sus dedos
(por las esquinas)
(por los bordes)
mirando desde su mundo, entreabriendo las fauces,
a punto de me masticar.

No sé qué hacer porque lo único que pienso es
que eso sería morir.
Y a veces pienso que diluirse es la opción,
pero en el fondo es lo mismo:
dejar que las fauces hagan su trabajo,
dejarlas avanzar desde su esquina oscura,
dejarlas que revienten la camisa de fuerza de una mente trabajada
(desde la niñez)
para construir el hormigón de este búnker,
dejarlas esparcir sus carmines y coloretes por todo un cuerpo
que se deshaga y se diluya y muera mientras muere
y ellas muerden.

Sí, dejarlas morder.
Aprender a escribir con nueve dedos.
Mañana, espero, serán ocho en la cuenta atrás.
Sólo para ellas y sus fauces de eterna busca
mi meñique, mi pulgar, mi ombligo.
Mostradme todo lo que acontece
en vuestra estrella de mar.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Comíamos sobre un puente.
Comíamos y bebíamos y dormíamos sobre un puente.
Pero en realidad flotábamos, en realidad las notas que tocaban (casi solos, casi como en un encantamiento) nuestros instrumentos y nuestras voces y nuestras panderetas y chismes varios a veces sacados de la basura, parecían perdurar, y cada nota perduraba posándose, capa sobre capa, en cada una de las piedras del puente. Es difícil decir cuánto tocábamos, cuándo tocábamos y cuándo descansábamos subidos a una baranda, balanceándonos sobre un río que parecía contener toda posibilidad remota que el puente nos iba a ofrecer, es difícil decirlo porque a veces no hablábamos (y podían ser horas) y creo que en realidad mirábamos las notas, como plumas, las notas, como abetos, las notas, como escarcha que crecía entre las junturas, en los bordes, como una membrana que parecía separar la realidad y abrir un hueco, un diminuto orificio, por donde podíamos mirar (y mirábamos) el mundo que las notas nos abrían. En ese mundo había galgos corriendo libres por un campo de asteroides, entre ramas bajas que saltaban y esquivaban, tan ágiles, tan estéticos cuando se cruzaban con una liebre y la observaban seguir en otra dirección que en realidad te dabas cuenta de que no corrían para atrapar algo, que corrían porque sí, y en ese correr parecía desarrollarse toda la voluntad que sus piernas y sus lenguas agitadas esperaban del momento, de ese tan esbelto y diminuto acontecimiento. Quizá por eso corren, tan sólo por moverse, tan sólo por ser, susurraba alguien, un oboe, un saxo alto quizá, apoyados nuestros cuerpos en las piedras, y había veces que nuestros ojos chispeaban y nos dábamos cuenta de que una madre y sus tres hijos aplaudían una canción oscura y flamenca que nuestras manos habían preparado sin pensar, y veíamos un estuche abierto que contenía monedas y otras cosas extrañas que los galgos parecían dejar a su paso: encontramos sellos antiguos de una carta de amor, tornillos que una vez sirvieron para armar las mesas de un convento, pañuelos de seda que olían a azafrán, la punta de una coliflor que un niño dejó en su camino, una caja llena de hormigas que miraban sin pestañear.
Hubo un momento en que el hueco se hizo enorme, ese hueco por donde podíamos ver, observar algo que era incomprensible y al mismo tiempo tan común y cotidiano para nuestras cabezas llenas y vacías de notas sincopadas: un hueco enorme, sin galgos, sin campos de maíz, otro mundo donde sólo una mano enorme se agitaba en el aire, tocando cuerdas y notas sostenidas, en un paisaje oscuro, vacío de toda luz salvo la que las uñas pálidas emanaban al tocar un acorde de do menor, con los tendones arqueados y los nudillos que parecían cordilleras nevadas en las puntas. Todos vimos la mano, eso seguro, y en ese instante dejamos de tocar. Quizá para eso habíamos ido y todos teníamos sonrisas que nos cruzaban los brazos y nos erizaban los pezones.
Recogimos despacio los instrumentos, la liturgia del después, los paños que limpiaban las cornetas, las zapatillas en cada clave, las cañas de mascar. Recogimos cada moneda que personas invisibles nos habían echado. No las contamos, las dividimos al azar. Salvo las pequeñas, los centimillos que quedaban como motas de nieve que nuestras manos apretaban, un último tacto, una última presión, justo antes de soltarlas en ofrenda y esparcirlas sobre la piedra.
El puente nos ha dado, ahora nos toca a nosotros devolver.
Y mientras caminábamos alejándonos todavía se escuchaba a lo lejos el tintineo de los centimillos rebotando sobre las piedras del puente, con un sonido metálico y agudo que se aunaba en las notas, en cada capa, produciendo una armonía de instrumentos sin fin, como si esa mano gigante tocase al mismo tiempo las cuerdas inmortales de nuestros cuerpos y un piano invisible que temblaba en el borde del puente, entre dos mundos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mira arriba, el silencio flota verde
y tú te irás.
Un silencio un fantasma musgo alrededor
y tú te irás.
Como si un pañuelo unas medias dos tangas que quedaran
y los armarios muertos bajo las sábanas pulidas
y las paredes con todos sus días dentro.
Pero la mañana es fuerte y allá, el sol.
Un mañana cálido en un ventanal,
quizá, cuando todo vuele.

Mira arriba, el silencio ya cae con las babas,
con los labios espesos,
sobre las barriadas de cortinas caídas,
y sólo queda
tu mirada como un espacio sin profundidad.
Tu ojo vendaval que sopla o se detiene,
que no siente las mareas calientes que lo puedan fundir:
nadie es cualquiera
y alguien es la muerte
y tú te irás.

Mira abajo, mira tu rastro de perdigones fatídicos
cuando te vayas.
Un abismo sin color
Una manta sin geometría que la sostenga
Un agujero donde nada puede caber
si no está vivo.
Y por eso,
si nadie es todo
y alguien cae,
tú ya te habrás ido,
en silencio, espero, en soledad.



lunes, 1 de diciembre de 2014

Me chifla eso de abandonar, en serio, abandono todo lo que puedo. Desde ancianas en silla de ruedas a mitad de un paso de cebra hasta gatitos siameses entre las ramas de uno de los bosques del norte. Abandono media letra a medio gozar para salir corriendo con gestos de payaso por la ventana y abandono amigos que fueron piel por eso de que la piel también se cae. Abandono mis dietas y algunos supermercados, manifestaciones cívicas de alta concentración juvenil, correccionales, tiendas de videojuegos y salas de fiesta e incluso abandono trabajos siempre con la misma sonrisa de satisfacción cuando le presento al jefe mi abandono y él responde, ¿qué?, abandono, ¿qué?, abandono, y su cara se hincha y sus cejas son carreteras llenas de baches y hay, estoy seguro, un osito de peluche que crece como un zepelín dentro de su corbata, o en realidad, dentro de la de todos. Un osito de peluche con ojos de lentejuelas y una manita al aire que dice, ¡soy yo!, ¡soy yo!, ¡miradme qué suave y bueno soy!, pero cuando alguien suelta un abandono, al osito de peluche se le cae la lentejuela de entre las piernas y suelta obscenidades como cobayas de mala hostia.
Puedo abandonar lo que me pidas, resultados científicos o metonimias espaciales, pero todavía soy incapaz de abandonar a la materia. Qué puedo decir, no se me da bien con esa furcia. Me intento cortar un dedo (sólo por probar) y mi mano izquierda siempre falla, a posta, seguro, con una sonrisa inversa que me da desde ahí abajo, socarrona y falta de sentido. A veces incluso me tiemblan las piernas cuando trato con algún macarra, bien pagado, que enhebra un cuchillo islandés en todo lo alto a punto de cercenar la mano de mi brazo. Claro, en el último momento le digo que pare, por eso de poder seguir tocando carne cuando apetezca, y un instante después lo pienso mejor (maldita carne) y el macarra ya se ha ido, caminando como un zancudo, con un par de billetes sonrojados que le harán las fiestas del mañana. Puedo abandonarme a hoy, puedo abandonar el ayer: el tiempo me trae sin cuidado porque en él todo se eleva y se abstrae y todo se convierte en una pelusa que flota en el aire, una pelusilla que puedes barrer, o no, que puedes aspirar, o no, y en general, si quiero abandonar un mañana, me tiro a la bartola en el sofá de un hotel hasta que los guardias me dicen que las piernas huelen a chamusquina y que tengo que pagar la consumición. ¡Otra vez la maldita furcia viniendo a tocarlas! En serio, a veces intento no pensar en ella, a veces trato de que mis manos no toquen, no palpen, no ensucien el ocaso de ese día con un pedazo de teta o un pedazo de pastel de puerros, pero en cuanto las meto en un bolsillo, bien encadenadas, me doy cuenta de que ahí vuelven otra vez y la tela de los pantalones no es otra que la misma ella con otro disfraz: escondida, diminuta o gigante, presta a jugármela vil entre caballos pardos y bolsas de basura.
Si os digo la verdad, hay una imagen muy clara de ella: es una estatua enorme, como el coloso de Rodas, pero de verdad, con sus pálpitos y sus poros en la piel, con su respiración entrecortada y sus pezones erectos sonrosados y deliciosos y el ombligo que es el hueco de la verdad, ¡ahí podría esconderme para siempre! Es una estatua gigante, viva, con las piernas bien abiertas que cubren un campo de maíz infinito, y bajo sus piernas, bajo el hueco donde podría vivir, sólo un pequeño abeto que no crece ni crecerá jamás, un abeto lánguido que clama y que llora y que a veces juega, creo que por aburrimiento, a lanzar pececillos hacia la mata de pelos que cubren la albóndiga, ahí arriba, demasiado lejos para atinar. Siempre pienso en ella, en esa estatua, cuando agarro el cuchillo islandés y alargo el dedo índice sobre la encimera. Pienso en ella y me digo: no la abandones, no seas tonto, sólo trata de colarte entre sus tetas y duerme ahí, ya verás que gustito; no la abandones, si total, en algún momento tendrás que quedarte con algo. Y cuando me digo eso estoy radiante, sonrío con todos los pelos de la barba y el cuchillo islandés lo devuelvo a su patria por correo que bien caro me costó (maldita materia). Pero he aquí lo imposible: nunca la puedes dejar, nunca la puedes tener del todo. Cuando escalas por sus piernas siempre resbalas de lo suaves que son, cuando duermes entre sus dedos gordos, ella suelta una patada y te sacude hasta el sueño, y cuando te alejas, caminando por el maíz, ceñudo y consternado, ella te llama con un silbido sigiloso para que lo vuelvas a intentar, y te guiña un ojo, desde ahí arriba, preciosa y radiante, inalcanzable, incomprensible, imposible de dejar.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Siempre están borrachos para la noche, acurrucados muy juntos unos de otros, señalando con las mingas al aire los chistes que se esconden en las estrellas, a punto de soñar, ¡que viene!, a punto de un caramelo sobre la punta de una iglesia. Cómo fue que llegaron si por entonces todas las capillas ya habían ardido. Llegaron caminando, avanzaban sobre la llanura de algodón que no termina, contando los chistes que sus braguetas alojaban durante la noche, como globos sonda que luego pudiesen respirar, la llanura de algodón, el filo de las nubes que siempre parecían a punto de caer sobre alguno. Mostaza  y pan duro, sí, pero cómo llegaron. Llegaron caminando y avanzaban con las botellas pegadas a un puño y reían, se partían, se estrujaban con cada nueva invención que la arena de las noches había preparado para ellos.
Cómo llegaron si eran tres, tan solo, tres guijarros que una mañana avanzaban por las calles de Nueva York y un mediodía decidieron cruzar la manzana hasta que encontrasen el alba, mirando tetas y escotes hasta que en las afueras sólo quedaron paradas de autobús y luego, bueno, luego tenían el sexo salvaje de cobayas escondidas en las ramas de algún bosque, apareamientos de burros entre las ciénagas, las manchas que dejaban los coyotes después de alguna masturbación, pensando, imaginando de seguro, se decían, a la Llama Rodríguez, o a la Yoli, seguramente a la Mari Portiños.
Caminaban torcidos sobre la llanura y quizá por eso llegaron, porque el viento les empujaba según quisiese soplar, casi espantapájaros sujetos al vino que algunos dejan en cestas para el invierno. Caminaban susurrando, cantando a media voz de coro isabelino las penas que una puta hubo de pasar en su esquina cuando nevaba, las madejas de lana que llevó a tejer, el banquito donde las bragas se le helaron y se quedaron pegadas al hierro, con un ¡ay mi madre!, y un escalofrío de chimichurri, para terminar con unas risas y unos sorbos, a veces señalando al viento un cuervo que pasaba guiñando el ala.
Quizá llegaron por su recuento de pezones, rememorando, imaginando mientras caminaban, pensando en el futuro que podían encontrar, la areola verde de una gipsy que resolviese la suerte echando cartas en el aire; la marca de un mordisco que algún oso le dejó cuando esa rubia puso miel sobre su ombligo; esas cachas grandes y desfasadas, esos pómulos que salían de las axilas para redondearse, casi pelirrojos, en el botón que hacía de postigo para abrir las puertas de un escote; las sonrisas desnudas de una entrepierna, pero eso no son pezones, ya, pero eso también es corazón. Quizá por eso llegaron, cuando caminaban y se acababa el vino y salivaban espuma que sabía a terciopelo: era la imagen de la Yoli o de la Mari en camisón, cuando la luz le traspasaba por la ventana y su cuerpo quedaba translúcido bajo la seda, con los dedos suspirando entre la taza de té y el pelo ocre que revoloteaba, astuto, divertido, y las piernas se abrían un poco para dejar pasar, el olor de la primavera, los cauces de un río que nunca se ha secado pero que nadie sabe dónde encontrarlo. Cómo lo encontraron.
Ahora se ríen, borrachos, mirando la capilla de la iglesia sin saber qué decir, la punta de metal sobre la campana que señala al norte, como si eso fuese una dirección, dice uno, tan desnudos que ahora parece imposible la ropa, la prudencia, el pasado. Mastican las imágenes que les llevaron hasta allí y ellos tampoco se lo explican, ¡es difícil!, por qué cojones no nos ha tocado un rayo en la coronilla y nos quedamos a medio camino, para poder descansar, un poquito, una hiena que desmembrase mis huesillos y los hiciese de metal, ¿no?, ¿fue la Llama que nos llamó una noche como un espectro? Yo creo que fuiste tú, o fue la Otra. Sí, los tres asienten, fue la Otra. Y, al mismo tiempo, la misma imagen aparece sobre la frente de cada uno: las mismas piernas tostadas y amarillas, los mismos muslos de comida de Navidad, la misma nariz que aspiraba las nubes para que no les lloviesen, el color de las abejas en su melena, el sabor de un pan tostado en la línea que les lleva hasta un pezón; la misma savia que desciende, gota a gota, alimentándoles por la noche cuando dormían con las bocas abiertas y las mingas sacadas al aire, apuntando a una estrella donde duermen los chistes y donde Ella ahora espera, pacientemente, a que algún loco se atreva a salir y vuelva al camino.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Iba construyendo anclajes para que la irrealidad se mostrase así, tal cual, en pelotas, ¡vamos!, pero dónde, dónde se escondía para jugar al escondite, desde donde alargaba sus uñas carmín para hacerme cosquillas en cada hueco de cada oreja, mi arcilla humedecida tan sólo para ella.
Daba igual, yo construía y manejaba las hojas de los árboles que caían en su fecha de caducidad. Los quiosqueros abrían sus fardos con el peso de una roca, las manchas inundaban las calles, un silbato policial, las manos, las cebras, la losa de una niña caminando enmudecida con los ojos del revés, y nadie me veía sentado en cada banco porque soy invisible cuando me pongo, así, con las hojas y aquel carboncillo con el que construía el andamio para que apareciese como una cabaretera por encima del escenario, mostrando apenas, llena de pájaros rodeados sus pezones y un loro que comía por encima galletitas y pistachos. Era para pararse en cada espacio, palpar las grietas en la acera buscando el hueco donde desaparecía cada sombra en el párpado de un ojo, de una rama, de un pequeño brote que salía del hormigón de la pared, un brote tan verde que brillaba (seguro) entre las velas de cada procesión que algunos mandaban en nombre de esposas y putas, para qué, yo no veía nada (veía sus brazos o a veces sus sobacos llenos de una cortina de musgo que parecía invitar), pero era importante seguir construyendo, zas zas, como rayas que no servían para nada salvo para seguir en el mundo invisible, y a veces compañeros aparecían silbando una canción y alzaban los ojos sosteniendo qué hay, cómo llevas eso de lo interminable.
Pero es importante:
1. la palabra no se entiende.
2. el sentido es sólo un círculo que se vuelve sobre sí mismo, siempre sonando.
3. el plano no es el mismo.
4. dónde aquí o allá.
5. cuando las manos tocan, cuando la arcilla descubra el sentido, se volverá a ir, y nunca sabremos qué pasaba antes ni qué es lo que puede ocurrir cuando las cosas cambian.
6.
Eso fue una tarde con los brazos pesados y la espera de una pera o un tomate que se derramase sobre mis dedos para sentir cada pepita, cada reconstrucción de un mundo que podía germinar desde aquello tan diminuto, sintiendo, un palmo de rama que creciese desde la uña, Pulgarcito siéntate, un tallo gigante extendiéndose en el espacio. Pero la tarde caía como una piedra en la cantera y yo también me dejé caer sobre un trozo de metal ahumado.
7.
Los papeles se manchan con la idea, siguiendo, intuyendo, qué podía construir que no estuviese ya en una imagen. Quién se podía colar en la idea de cualquier ser. Veía gorriones y albatros volando en círculos sobre la plaza del mercado. Una pierna que se estiraba, el boceto de una sombra de ojos en el párpado ajeno. Era ella la que podía estar, pero era ella la que nunca estaba.
8.
La tarde se derramaba con una salsa champiñón sobre las cuestas y todos los tristes se acercaban al puente grande para lanzar caramelos y había guías turísticos esperando al arancel, vendedores de cucuruchos mojados que estrujaban boletos de lotería antiguos en la esquina de un parque, todo lo que se podía mirar desde la calle, aplanado, qué podía esperar salvo una destrucción, yo (invisible), una caída en el olvido, sin dejar la siempre y constante esperanza de que ella pudiese aparecer.
9.

Me sumergí en una grieta donde las llaves no existían. Entre las líneas del pavimento dejé la mano de un anciano que quería ver. Me sumergí y sumergiendo llegué al tronco, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, me senté sobre su regazo y vi, desde muy lejos, a la gente que caminaba y la gente que sonreía y la gente que se abrazaba entre los bancos y las cervezas que parecían sostenerlo todo de una manera muy especial. Todos estaban alrededor del sonido y daba igual si nadie escuchaba, si nadie prestaba atención. El sonido estaba allí, enterrado en la tierra, viviente. Ella había dejado su semilla y las almas podían cantar cada noche y volver a escapar, podían salir de caza y jugar entre ellas volando y silbando la armonía del círculo cazando las moscas invisibles que eran (antes) alimento del ser con hoyuelos gigantes que eran las formas de sus alas y las risas que parecían cometas cayendo desde la galaxia más lejana. Cada vez eran más y llegaban con más fuerza y era imposible no escuchar sus chillidos de réplica, atención, porque el mundo era imposible, lamiendo todas ellas las orejas llenas de arcilla para alimentar sus pesos y volverse a ir. Sí, se iban, mirando desde la grieta, incluso, y así tenía que ser, quizá, en otro momento, para volver.
10.
Ella siempre escapa antes de que nada pueda comprender sus senos.
11.
Sólo existen esas constructas que hacen que vuelva, a veces, como un conjuro que evapora malas ratas, como una imagen que crea lo que presenta, el silbido de buenas noches en el puente de los tristes, la reconstrucción, acaso parcial, para que uno, alguno, tal vez (un poco despistado como yo) vuelva a subirse al andamio y pueda caer por entre la grieta.




jueves, 14 de agosto de 2014

Sólo podía mirar al suelo, las piedras que brillaban la lona de la cuesta que bajaba en diagonal, casi un giro, casi un suspiro de la ciudad donde construían los gigantes.
Sólo miraba al suelo y las bicis los monociclos los dos o tres taxistas que se atrevían a subir hasta allí me atravesaban como al viento que se lleva los granos de la adolescencia, pero el tiempo es duración (dijeron las voces que me cogían a veces de la mano), el tiempo mea bourbon escocés (dijo ella) y yo no dije nada porque las palabras se me velan si no las veo en el fondo de un mar transparente y aquello sólo eran piedras o mis dedos que seguían bajando por la cuesta milenaria, piedras que brillaban en diagonal, lascas deslizantes de millones de pies y trasiegos borrachines, pedruscos redondeados que se me clavaban en la planta como si no fuese ese el mundo por donde iba caminando, desde muy lejos, todo, mis ojos, en la puerta de un jardín que se ocultaba entre las nubes, viendo las manchas de su vestido que sacudía un poco por delante de mí; mis dedos, desde arriba del monte sacro que oteaba la ciudad, alargándose para tomar su codo que se erguía como un pedestal entre las zarzas y farolas y las puertas del camino; mi ombligo, tan cerca del aire y tan fuera de toda la casualidad que se seguía entre las piedras, intentando asir el hueco donde ella era cóncava y el puesto era convexo para que lo pudiese ocupar, pero al final, verbigracia!, las piedras se traicionaron de la misma forma que la basura siempre apesta en una esquina y una roca resaltante con chicle adosado en la punta se apoyó sobre mis labios y empujó mi pie estéril y mis dedos se torcieron y todo lo que tuve que hacer fue gritar, ay que me caigo! justo cuando sus dedos se acercaban casi a punto y su mirada se giraba hacia mí como la más grande de las niñas pequeñas que juegan en los parques, justo cuando sus tobillos sonreían para jamás y el tiempo se zambullía entre sus piernas sudorosas.
Zas!
Así fue el abrazo a un milímetro de la muerte, de las nubes y el aire de la distancia final-inabarcable. Ella sudaba por detrás de las rodillas y le temblaban los labios con un que te mareas chavalín, pero por mucho que conociese el miedo, por mucho que las flores fuesen su nombre entre las nieves tragaldabas, sus orejas eran grandes y succionaban el viento alrededor y de entre sus pechos, aullando, salían los coyotes que esparcían la gracia de un pezón y correteaban por las calles y las aceras llenas de repartidores de pizza somnolientos. Las piedras sólo eran burbujas donde sus dedos me sujetaban y el final de la cuesta se veía por fin en un recodo del zigzag.
Allí estaba el Gordo, con sus capas adosadas una encima de otra en el sudor pegajoso que lo unía en un todo balancín, bamboleándose de aquí para allá como si un borracho intentase bailar consigo mismo al espejo y muy despacio, en cada transpiración de cada salchicha que salía por su cuerpo, ponía las mesas de plástico frente a la plaza sin dejar de fumar un cigarrillo que parecía eterna ceniza humeante a punto de caer. Justo cuando nos sentamos aparecieron las cervezas y justo cuando bebimos se me ocurrió el azar, el mar transparente en el que residía un segundo de cada vida que era el suficiente se abría en una franja con la palabra de un canto nuevo, quizá.
Yo soy el conde (dijeron las voces).
Tú eres la cumbia, mulata.
Pues ponme otro botellín (y sonreía con las manos abiertas y las cejas apretadas hacia mí), pero el conde de qué?
El de la verruga amarilla.
De la falda escocesa.
De la liebre que vuela mirando hacia atrás.
El del asiento ocupado.
O el del monte más cercano.