Volver a un lugar donde todo está cargado.
Cada pared que pesa de azul, pequeña.
Cada estantería que contiene una mota en apariencia diminuta, minúscula,
arrojada a este suelo de moquetas duras y apaleadas donde solía tumbarme para soñar.
Te pido que me creas, porque sólo puedo contarlo para ti.
Observo cada mota, me tumbo, me esparzo, me deshago sobre esta moqueta para mirar de cerca lo que me dijiste: soy yo.
No, no puedes estar aquí pues no deseo nada más que el misterio.
Y esto no es, el lugar donde nacen los caballos ebrios y los monjes que esperan la palabra.
Esta no fue tu cuna ni tu caldero.
Cómo podría serlo, si las motas no se pueden mover, si te lo dije y no me creíste: las motas son diminutos yunques de hormigón que atraviesan el tiempo y se clavan entre nosotros.
Entre tus ojos,
siempre amarillos,
que me esperan junto a la brisa del mar, en aquel desfiladero.
Tu oleaje.
Tu tersa manta que me atraviesa en dos.
Tus piernas diminutas que parecen derretirse entre mis dedos de chocolate.
Me dijiste: búscame.
Y estoy aquí, tumbado sobre la moqueta para saber si soñé con este momento, si te soñé volviéndome a soñar.
Y espero,
espero,
pero sólo hay ruidos de alcantarillas, martillazos al atardecer,
y no apareces ni te muestras entre las sombras de una habitación que manchó de carmín mis venas.
No hay nada que agarrar, no hay asideros ni volcanes que escupan la sandalia en recompensa.
No: este no es lugar para volver, mi pequeña.
Este no es tu lugar sino un torbellino que algún loco pensó construir a su alrededor.
Estas son paredes de gloria antigua que me observan dejándome atrás.
Estas estanterías que recubren los ladrillos que alguien, una vez, osó pintar del color del mar.
Una lagartija que aparece y vuelve a desaparecer entre una mota.
Una mosca que algún día intenté seducir con palabras pluscuamperfectas y que yace aplastada, a mi lado.
Un animal que se pasea desnudo por los solares de mi habitación y se encarama a mi espalda aún tumbada.
Sí, pequeña, aún sigo aquí.
Porque esta es la trampa del destino.
Volver para arrastrarse.
Volver y que el peso te tumbe sobre una moqueta dura y apaleada de otros días ya pasados.
Que sólo me quede la imagen de tus ojos que me esperan junto a la brisa del mar.
Tu oleaje, entre las rocas.
Tus cortos mechones que me clavan en dos.
Tus brazos diminutos que parecen derretirse cuando los imagino levantándome, ahora, alzándome como un yoyó por encima del suelo y la moqueta.
Por eso te pido que me creas: sigo aquí,
y es imposible.
viernes, 6 de marzo de 2015
jueves, 5 de marzo de 2015
De verdad parecía que le salían alitas por la espalda.
Alitas diminutas, como si una mosca o una libélula que cuando la ves y la piensas dices, si ni siquiera mueve el aire para volar, porque claro, no necesitan nada para volar si ya de por sí vuelan, pero aquel hombre no tenía alitas de por sí: le salían. Y al principio era raro comprender (pensar) que le salían alitas de la espalda porque estaba sentado con los pies dentro del agua mirando el lago sin nada más que hacer que mirar el lago. Creo que no era que esperase nada, nada en particular, ni que estuviese matando el tiempo como suele decir mi madre cuando pone una peli y dice, vamos a matar el tiempo un rato. En realidad, creo que había algo en el lago que podía reconocer y como él no se daba cuenta de que le salían alitas en la espalda, todo era sencillo.
Podría ser que estuviese muerto aunque tampoco habría cambiado mucho su mirada sobre el lago y es que siempre me digo por las noches que estar muerto es como estar en un sueño larguísimo con esas imágenes que vienen y van y sólo puedes abrir la boca un poco y dejar que caiga la babilla así como en hilillo mientras esas imágenes te pasean por la hierba. Por eso no habría cambiado mucho, porque él miraba el lago y nada más, y también miraba el lago y todo más, vamos que creo que había una relación directa entre que el señor del sombrero mirase el lago de esa forma y que le saliesen esas alitas en la espalda que sólo yo veía (no porque sea especial, sino porque no había nadie más allí y yo acababa de comprarme un refresco en una máquina vieja y me lo tomaba despacio observando la espalda del hombre con sombrero que tenía los pies en el agua del lago).
Al final no pude evitar y me olvidé del refresco y supongo que quedó en una de esas mesas de madera que son como de picnic y que cuando no hay nadie parecen señales tráfico o señales de que hubo allí una guerra o una catástrofe o algo así, y por eso creo que me olvidé el refresco, porque me levanté despacio, muy muy despacio, como si tuviese miedo de que las alitas desapareciesen de la espalda del hombre si hacía algún ruido o algún movimiento brusco y me acerqué, lentamente. Las olí, u olí su espalda o la espalda-alitas que yo creo que venían a ser lo mismo y al olerlas era como si las tocase y las viese y todo a la vez y me di cuenta de que el hombre movía los pies dentro del agua con un ritmo muy constante como si allí debajo hubiese una bicicleta y él estuviese pedaleando para llegar a lo más profundo del lago, lo que era un poco extraño porque si pensaba en alas de libélula pensaba verle volar y si pensaba en los pies pedaleando pensaba en verle hundirse (también puede que sea lo mismo pero en diferentes planos). El problema es que me entraron ganas de olerle los pies para ver si olían como las alas y podía tocarlos y verlos sin tocarlos en realidad y, bueno, me incliné demasiado y el hombre pegó un respingo: el sombrero le cayó al agua y se le puso cara de enfado comprensible pero también una cara como si le hubiese pillado su madre a media faena de automanoseo, lo que me sorprendió un poco y enseguida me noté muy rojo como cuando me dicen qué dedos más monos y pensé en salir de allí o por lo menos disculparme pero en vez de eso le dije:
-Espero que haya encontrado al pez pájaro antes de.
Y él me interrumpió con los ojos como enredaderas que me iban cubriendo todo el rostro:
-Siempre. Un placer.
Y se tiró al agua creo que a buscar su sombrero, pero el sombrero seguía allí a pocos metros flotando y al hombre no se le veía por ningún lado. Por un segundo tuve un poco de miedo de que se fuese a ahogar pero luego comprendí (yo creo que sin pensar) que si tenía alas en su espalda también tendría branquias en los dedos y no los había visto por eso de fijarme todo el rato en su espalda y luego en sus ojos que eran verdes y enredaderas. Me sacudí, pero era raro, como si la piel fuese también musgo y no pudiese sacudirme del todo, así que seguí caminando bordeando el lago para ver si veía al hombre en algún momento.
No le vi, y tampoco sentí pena por él ni porque ya no estuviese allí, lo que sentí fueron unas ganas enormes de quedarme millones de horas de día y de noche mirando la superficie del lago, que se había vuelto plato, a ver si veía algún pez pájaro de repente, pero pensé en mi madre y pensé que le daría mucha pena no volver a pedirme que bajase la basura o que viésemos una peli tranquilamente después de una cena rica, así que seguí caminando y al final di la vuelta entera al lago y volví a casa.
lunes, 23 de febrero de 2015
No sé qué hacer cuando las fauces se abren
cuando los dedos señalan desde esa esquina oscura,
donde ellas sonríen con las piernas abiertas
y una espada de honestidad en sus carmines y coloretes,
un símbolo del son que son sus manos
indicando el camino donde todo puede pasar.
No sé qué hacer cuando el invierno acontece,
cuando se ocultan las señas
y el inventor de aquel barco se esparce por las marismas.
No sé qué fue de las alegrías cantadas por tango,
ni de esa pizza de corral que cogían sus dedos
(por las esquinas)
(por los bordes)
mirando desde su mundo, entreabriendo las fauces,
a punto de me masticar.
No sé qué hacer porque lo único que pienso es
que eso sería morir.
Y a veces pienso que diluirse es la opción,
pero en el fondo es lo mismo:
dejar que las fauces hagan su trabajo,
dejarlas avanzar desde su esquina oscura,
dejarlas que revienten la camisa de fuerza de una mente trabajada
(desde la niñez)
para construir el hormigón de este búnker,
dejarlas esparcir sus carmines y coloretes por todo un cuerpo
que se deshaga y se diluya y muera mientras muere
y ellas muerden.
Sí, dejarlas morder.
Aprender a escribir con nueve dedos.
Mañana, espero, serán ocho en la cuenta atrás.
Sólo para ellas y sus fauces de eterna busca
mi meñique, mi pulgar, mi ombligo.
Mostradme todo lo que acontece
en vuestra estrella de mar.
cuando los dedos señalan desde esa esquina oscura,
donde ellas sonríen con las piernas abiertas
y una espada de honestidad en sus carmines y coloretes,
un símbolo del son que son sus manos
indicando el camino donde todo puede pasar.
No sé qué hacer cuando el invierno acontece,
cuando se ocultan las señas
y el inventor de aquel barco se esparce por las marismas.
No sé qué fue de las alegrías cantadas por tango,
ni de esa pizza de corral que cogían sus dedos
(por las esquinas)
(por los bordes)
mirando desde su mundo, entreabriendo las fauces,
a punto de me masticar.
No sé qué hacer porque lo único que pienso es
que eso sería morir.
Y a veces pienso que diluirse es la opción,
pero en el fondo es lo mismo:
dejar que las fauces hagan su trabajo,
dejarlas avanzar desde su esquina oscura,
dejarlas que revienten la camisa de fuerza de una mente trabajada
(desde la niñez)
para construir el hormigón de este búnker,
dejarlas esparcir sus carmines y coloretes por todo un cuerpo
que se deshaga y se diluya y muera mientras muere
y ellas muerden.
Sí, dejarlas morder.
Aprender a escribir con nueve dedos.
Mañana, espero, serán ocho en la cuenta atrás.
Sólo para ellas y sus fauces de eterna busca
mi meñique, mi pulgar, mi ombligo.
Mostradme todo lo que acontece
en vuestra estrella de mar.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Comíamos sobre un puente.
Comíamos y bebíamos y dormíamos sobre un puente.
Pero en realidad flotábamos, en realidad las notas que tocaban (casi solos, casi como en un encantamiento) nuestros instrumentos y nuestras voces y nuestras panderetas y chismes varios a veces sacados de la basura, parecían perdurar, y cada nota perduraba posándose, capa sobre capa, en cada una de las piedras del puente. Es difícil decir cuánto tocábamos, cuándo tocábamos y cuándo descansábamos subidos a una baranda, balanceándonos sobre un río que parecía contener toda posibilidad remota que el puente nos iba a ofrecer, es difícil decirlo porque a veces no hablábamos (y podían ser horas) y creo que en realidad mirábamos las notas, como plumas, las notas, como abetos, las notas, como escarcha que crecía entre las junturas, en los bordes, como una membrana que parecía separar la realidad y abrir un hueco, un diminuto orificio, por donde podíamos mirar (y mirábamos) el mundo que las notas nos abrían. En ese mundo había galgos corriendo libres por un campo de asteroides, entre ramas bajas que saltaban y esquivaban, tan ágiles, tan estéticos cuando se cruzaban con una liebre y la observaban seguir en otra dirección que en realidad te dabas cuenta de que no corrían para atrapar algo, que corrían porque sí, y en ese correr parecía desarrollarse toda la voluntad que sus piernas y sus lenguas agitadas esperaban del momento, de ese tan esbelto y diminuto acontecimiento. Quizá por eso corren, tan sólo por moverse, tan sólo por ser, susurraba alguien, un oboe, un saxo alto quizá, apoyados nuestros cuerpos en las piedras, y había veces que nuestros ojos chispeaban y nos dábamos cuenta de que una madre y sus tres hijos aplaudían una canción oscura y flamenca que nuestras manos habían preparado sin pensar, y veíamos un estuche abierto que contenía monedas y otras cosas extrañas que los galgos parecían dejar a su paso: encontramos sellos antiguos de una carta de amor, tornillos que una vez sirvieron para armar las mesas de un convento, pañuelos de seda que olían a azafrán, la punta de una coliflor que un niño dejó en su camino, una caja llena de hormigas que miraban sin pestañear.
Hubo un momento en que el hueco se hizo enorme, ese hueco por donde podíamos ver, observar algo que era incomprensible y al mismo tiempo tan común y cotidiano para nuestras cabezas llenas y vacías de notas sincopadas: un hueco enorme, sin galgos, sin campos de maíz, otro mundo donde sólo una mano enorme se agitaba en el aire, tocando cuerdas y notas sostenidas, en un paisaje oscuro, vacío de toda luz salvo la que las uñas pálidas emanaban al tocar un acorde de do menor, con los tendones arqueados y los nudillos que parecían cordilleras nevadas en las puntas. Todos vimos la mano, eso seguro, y en ese instante dejamos de tocar. Quizá para eso habíamos ido y todos teníamos sonrisas que nos cruzaban los brazos y nos erizaban los pezones.
Recogimos despacio los instrumentos, la liturgia del después, los paños que limpiaban las cornetas, las zapatillas en cada clave, las cañas de mascar. Recogimos cada moneda que personas invisibles nos habían echado. No las contamos, las dividimos al azar. Salvo las pequeñas, los centimillos que quedaban como motas de nieve que nuestras manos apretaban, un último tacto, una última presión, justo antes de soltarlas en ofrenda y esparcirlas sobre la piedra.
El puente nos ha dado, ahora nos toca a nosotros devolver.
Y mientras caminábamos alejándonos todavía se escuchaba a lo lejos el tintineo de los centimillos rebotando sobre las piedras del puente, con un sonido metálico y agudo que se aunaba en las notas, en cada capa, produciendo una armonía de instrumentos sin fin, como si esa mano gigante tocase al mismo tiempo las cuerdas inmortales de nuestros cuerpos y un piano invisible que temblaba en el borde del puente, entre dos mundos.
Comíamos y bebíamos y dormíamos sobre un puente.
Pero en realidad flotábamos, en realidad las notas que tocaban (casi solos, casi como en un encantamiento) nuestros instrumentos y nuestras voces y nuestras panderetas y chismes varios a veces sacados de la basura, parecían perdurar, y cada nota perduraba posándose, capa sobre capa, en cada una de las piedras del puente. Es difícil decir cuánto tocábamos, cuándo tocábamos y cuándo descansábamos subidos a una baranda, balanceándonos sobre un río que parecía contener toda posibilidad remota que el puente nos iba a ofrecer, es difícil decirlo porque a veces no hablábamos (y podían ser horas) y creo que en realidad mirábamos las notas, como plumas, las notas, como abetos, las notas, como escarcha que crecía entre las junturas, en los bordes, como una membrana que parecía separar la realidad y abrir un hueco, un diminuto orificio, por donde podíamos mirar (y mirábamos) el mundo que las notas nos abrían. En ese mundo había galgos corriendo libres por un campo de asteroides, entre ramas bajas que saltaban y esquivaban, tan ágiles, tan estéticos cuando se cruzaban con una liebre y la observaban seguir en otra dirección que en realidad te dabas cuenta de que no corrían para atrapar algo, que corrían porque sí, y en ese correr parecía desarrollarse toda la voluntad que sus piernas y sus lenguas agitadas esperaban del momento, de ese tan esbelto y diminuto acontecimiento. Quizá por eso corren, tan sólo por moverse, tan sólo por ser, susurraba alguien, un oboe, un saxo alto quizá, apoyados nuestros cuerpos en las piedras, y había veces que nuestros ojos chispeaban y nos dábamos cuenta de que una madre y sus tres hijos aplaudían una canción oscura y flamenca que nuestras manos habían preparado sin pensar, y veíamos un estuche abierto que contenía monedas y otras cosas extrañas que los galgos parecían dejar a su paso: encontramos sellos antiguos de una carta de amor, tornillos que una vez sirvieron para armar las mesas de un convento, pañuelos de seda que olían a azafrán, la punta de una coliflor que un niño dejó en su camino, una caja llena de hormigas que miraban sin pestañear.
Hubo un momento en que el hueco se hizo enorme, ese hueco por donde podíamos ver, observar algo que era incomprensible y al mismo tiempo tan común y cotidiano para nuestras cabezas llenas y vacías de notas sincopadas: un hueco enorme, sin galgos, sin campos de maíz, otro mundo donde sólo una mano enorme se agitaba en el aire, tocando cuerdas y notas sostenidas, en un paisaje oscuro, vacío de toda luz salvo la que las uñas pálidas emanaban al tocar un acorde de do menor, con los tendones arqueados y los nudillos que parecían cordilleras nevadas en las puntas. Todos vimos la mano, eso seguro, y en ese instante dejamos de tocar. Quizá para eso habíamos ido y todos teníamos sonrisas que nos cruzaban los brazos y nos erizaban los pezones.
Recogimos despacio los instrumentos, la liturgia del después, los paños que limpiaban las cornetas, las zapatillas en cada clave, las cañas de mascar. Recogimos cada moneda que personas invisibles nos habían echado. No las contamos, las dividimos al azar. Salvo las pequeñas, los centimillos que quedaban como motas de nieve que nuestras manos apretaban, un último tacto, una última presión, justo antes de soltarlas en ofrenda y esparcirlas sobre la piedra.
El puente nos ha dado, ahora nos toca a nosotros devolver.
Y mientras caminábamos alejándonos todavía se escuchaba a lo lejos el tintineo de los centimillos rebotando sobre las piedras del puente, con un sonido metálico y agudo que se aunaba en las notas, en cada capa, produciendo una armonía de instrumentos sin fin, como si esa mano gigante tocase al mismo tiempo las cuerdas inmortales de nuestros cuerpos y un piano invisible que temblaba en el borde del puente, entre dos mundos.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Mira arriba, el silencio flota verde
y tú te irás.
Un silencio un fantasma musgo alrededor
y tú te irás.
Como si un pañuelo unas medias dos tangas que quedaran
y los armarios muertos bajo las sábanas pulidas
y las paredes con todos sus días dentro.
Pero la mañana es fuerte y allá, el sol.
Un mañana cálido en un ventanal,
quizá, cuando todo vuele.
Mira arriba, el silencio ya cae con las babas,
con los labios espesos,
sobre las barriadas de cortinas caídas,
y sólo queda
tu mirada como un espacio sin profundidad.
Tu ojo vendaval que sopla o se detiene,
que no siente las mareas calientes que lo puedan fundir:
nadie es cualquiera
y alguien es la muerte
y tú te irás.
Mira abajo, mira tu rastro de perdigones fatídicos
cuando te vayas.
Un abismo sin color
Una manta sin geometría que la sostenga
Un agujero donde nada puede caber
si no está vivo.
Y por eso,
si nadie es todo
y alguien cae,
tú ya te habrás ido,
en silencio, espero, en soledad.
y tú te irás.
Un silencio un fantasma musgo alrededor
y tú te irás.
Como si un pañuelo unas medias dos tangas que quedaran
y los armarios muertos bajo las sábanas pulidas
y las paredes con todos sus días dentro.
Pero la mañana es fuerte y allá, el sol.
Un mañana cálido en un ventanal,
quizá, cuando todo vuele.
Mira arriba, el silencio ya cae con las babas,
con los labios espesos,
sobre las barriadas de cortinas caídas,
y sólo queda
tu mirada como un espacio sin profundidad.
Tu ojo vendaval que sopla o se detiene,
que no siente las mareas calientes que lo puedan fundir:
nadie es cualquiera
y alguien es la muerte
y tú te irás.
Mira abajo, mira tu rastro de perdigones fatídicos
cuando te vayas.
Un abismo sin color
Una manta sin geometría que la sostenga
Un agujero donde nada puede caber
si no está vivo.
Y por eso,
si nadie es todo
y alguien cae,
tú ya te habrás ido,
en silencio, espero, en soledad.
lunes, 1 de diciembre de 2014
Me chifla eso de abandonar, en serio, abandono todo lo que puedo. Desde ancianas en silla de ruedas a mitad de un paso de cebra hasta gatitos siameses entre las ramas de uno de los bosques del norte. Abandono media letra a medio gozar para salir corriendo con gestos de payaso por la ventana y abandono amigos que fueron piel por eso de que la piel también se cae. Abandono mis dietas y algunos supermercados, manifestaciones cívicas de alta concentración juvenil, correccionales, tiendas de videojuegos y salas de fiesta e incluso abandono trabajos siempre con la misma sonrisa de satisfacción cuando le presento al jefe mi abandono y él responde, ¿qué?, abandono, ¿qué?, abandono, y su cara se hincha y sus cejas son carreteras llenas de baches y hay, estoy seguro, un osito de peluche que crece como un zepelín dentro de su corbata, o en realidad, dentro de la de todos. Un osito de peluche con ojos de lentejuelas y una manita al aire que dice, ¡soy yo!, ¡soy yo!, ¡miradme qué suave y bueno soy!, pero cuando alguien suelta un abandono, al osito de peluche se le cae la lentejuela de entre las piernas y suelta obscenidades como cobayas de mala hostia.
Puedo abandonar lo que me pidas, resultados científicos o metonimias espaciales, pero todavía soy incapaz de abandonar a la materia. Qué puedo decir, no se me da bien con esa furcia. Me intento cortar un dedo (sólo por probar) y mi mano izquierda siempre falla, a posta, seguro, con una sonrisa inversa que me da desde ahí abajo, socarrona y falta de sentido. A veces incluso me tiemblan las piernas cuando trato con algún macarra, bien pagado, que enhebra un cuchillo islandés en todo lo alto a punto de cercenar la mano de mi brazo. Claro, en el último momento le digo que pare, por eso de poder seguir tocando carne cuando apetezca, y un instante después lo pienso mejor (maldita carne) y el macarra ya se ha ido, caminando como un zancudo, con un par de billetes sonrojados que le harán las fiestas del mañana. Puedo abandonarme a hoy, puedo abandonar el ayer: el tiempo me trae sin cuidado porque en él todo se eleva y se abstrae y todo se convierte en una pelusa que flota en el aire, una pelusilla que puedes barrer, o no, que puedes aspirar, o no, y en general, si quiero abandonar un mañana, me tiro a la bartola en el sofá de un hotel hasta que los guardias me dicen que las piernas huelen a chamusquina y que tengo que pagar la consumición. ¡Otra vez la maldita furcia viniendo a tocarlas! En serio, a veces intento no pensar en ella, a veces trato de que mis manos no toquen, no palpen, no ensucien el ocaso de ese día con un pedazo de teta o un pedazo de pastel de puerros, pero en cuanto las meto en un bolsillo, bien encadenadas, me doy cuenta de que ahí vuelven otra vez y la tela de los pantalones no es otra que la misma ella con otro disfraz: escondida, diminuta o gigante, presta a jugármela vil entre caballos pardos y bolsas de basura.
Si os digo la verdad, hay una imagen muy clara de ella: es una estatua enorme, como el coloso de Rodas, pero de verdad, con sus pálpitos y sus poros en la piel, con su respiración entrecortada y sus pezones erectos sonrosados y deliciosos y el ombligo que es el hueco de la verdad, ¡ahí podría esconderme para siempre! Es una estatua gigante, viva, con las piernas bien abiertas que cubren un campo de maíz infinito, y bajo sus piernas, bajo el hueco donde podría vivir, sólo un pequeño abeto que no crece ni crecerá jamás, un abeto lánguido que clama y que llora y que a veces juega, creo que por aburrimiento, a lanzar pececillos hacia la mata de pelos que cubren la albóndiga, ahí arriba, demasiado lejos para atinar. Siempre pienso en ella, en esa estatua, cuando agarro el cuchillo islandés y alargo el dedo índice sobre la encimera. Pienso en ella y me digo: no la abandones, no seas tonto, sólo trata de colarte entre sus tetas y duerme ahí, ya verás que gustito; no la abandones, si total, en algún momento tendrás que quedarte con algo. Y cuando me digo eso estoy radiante, sonrío con todos los pelos de la barba y el cuchillo islandés lo devuelvo a su patria por correo que bien caro me costó (maldita materia). Pero he aquí lo imposible: nunca la puedes dejar, nunca la puedes tener del todo. Cuando escalas por sus piernas siempre resbalas de lo suaves que son, cuando duermes entre sus dedos gordos, ella suelta una patada y te sacude hasta el sueño, y cuando te alejas, caminando por el maíz, ceñudo y consternado, ella te llama con un silbido sigiloso para que lo vuelvas a intentar, y te guiña un ojo, desde ahí arriba, preciosa y radiante, inalcanzable, incomprensible, imposible de dejar.
Puedo abandonar lo que me pidas, resultados científicos o metonimias espaciales, pero todavía soy incapaz de abandonar a la materia. Qué puedo decir, no se me da bien con esa furcia. Me intento cortar un dedo (sólo por probar) y mi mano izquierda siempre falla, a posta, seguro, con una sonrisa inversa que me da desde ahí abajo, socarrona y falta de sentido. A veces incluso me tiemblan las piernas cuando trato con algún macarra, bien pagado, que enhebra un cuchillo islandés en todo lo alto a punto de cercenar la mano de mi brazo. Claro, en el último momento le digo que pare, por eso de poder seguir tocando carne cuando apetezca, y un instante después lo pienso mejor (maldita carne) y el macarra ya se ha ido, caminando como un zancudo, con un par de billetes sonrojados que le harán las fiestas del mañana. Puedo abandonarme a hoy, puedo abandonar el ayer: el tiempo me trae sin cuidado porque en él todo se eleva y se abstrae y todo se convierte en una pelusa que flota en el aire, una pelusilla que puedes barrer, o no, que puedes aspirar, o no, y en general, si quiero abandonar un mañana, me tiro a la bartola en el sofá de un hotel hasta que los guardias me dicen que las piernas huelen a chamusquina y que tengo que pagar la consumición. ¡Otra vez la maldita furcia viniendo a tocarlas! En serio, a veces intento no pensar en ella, a veces trato de que mis manos no toquen, no palpen, no ensucien el ocaso de ese día con un pedazo de teta o un pedazo de pastel de puerros, pero en cuanto las meto en un bolsillo, bien encadenadas, me doy cuenta de que ahí vuelven otra vez y la tela de los pantalones no es otra que la misma ella con otro disfraz: escondida, diminuta o gigante, presta a jugármela vil entre caballos pardos y bolsas de basura.
Si os digo la verdad, hay una imagen muy clara de ella: es una estatua enorme, como el coloso de Rodas, pero de verdad, con sus pálpitos y sus poros en la piel, con su respiración entrecortada y sus pezones erectos sonrosados y deliciosos y el ombligo que es el hueco de la verdad, ¡ahí podría esconderme para siempre! Es una estatua gigante, viva, con las piernas bien abiertas que cubren un campo de maíz infinito, y bajo sus piernas, bajo el hueco donde podría vivir, sólo un pequeño abeto que no crece ni crecerá jamás, un abeto lánguido que clama y que llora y que a veces juega, creo que por aburrimiento, a lanzar pececillos hacia la mata de pelos que cubren la albóndiga, ahí arriba, demasiado lejos para atinar. Siempre pienso en ella, en esa estatua, cuando agarro el cuchillo islandés y alargo el dedo índice sobre la encimera. Pienso en ella y me digo: no la abandones, no seas tonto, sólo trata de colarte entre sus tetas y duerme ahí, ya verás que gustito; no la abandones, si total, en algún momento tendrás que quedarte con algo. Y cuando me digo eso estoy radiante, sonrío con todos los pelos de la barba y el cuchillo islandés lo devuelvo a su patria por correo que bien caro me costó (maldita materia). Pero he aquí lo imposible: nunca la puedes dejar, nunca la puedes tener del todo. Cuando escalas por sus piernas siempre resbalas de lo suaves que son, cuando duermes entre sus dedos gordos, ella suelta una patada y te sacude hasta el sueño, y cuando te alejas, caminando por el maíz, ceñudo y consternado, ella te llama con un silbido sigiloso para que lo vuelvas a intentar, y te guiña un ojo, desde ahí arriba, preciosa y radiante, inalcanzable, incomprensible, imposible de dejar.
sábado, 22 de noviembre de 2014
Siempre están borrachos para la noche, acurrucados muy juntos unos de otros, señalando con las mingas al aire los chistes que se esconden en las estrellas, a punto de soñar, ¡que viene!, a punto de un caramelo sobre la punta de una iglesia. Cómo fue que llegaron si por entonces todas las capillas ya habían ardido. Llegaron caminando, avanzaban sobre la llanura de algodón que no termina, contando los chistes que sus braguetas alojaban durante la noche, como globos sonda que luego pudiesen respirar, la llanura de algodón, el filo de las nubes que siempre parecían a punto de caer sobre alguno. Mostaza y pan duro, sí, pero cómo llegaron. Llegaron caminando y avanzaban con las botellas pegadas a un puño y reían, se partían, se estrujaban con cada nueva invención que la arena de las noches había preparado para ellos.
Cómo llegaron si eran tres, tan solo, tres guijarros que una mañana avanzaban por las calles de Nueva York y un mediodía decidieron cruzar la manzana hasta que encontrasen el alba, mirando tetas y escotes hasta que en las afueras sólo quedaron paradas de autobús y luego, bueno, luego tenían el sexo salvaje de cobayas escondidas en las ramas de algún bosque, apareamientos de burros entre las ciénagas, las manchas que dejaban los coyotes después de alguna masturbación, pensando, imaginando de seguro, se decían, a la Llama Rodríguez, o a la Yoli, seguramente a la Mari Portiños.
Caminaban torcidos sobre la llanura y quizá por eso llegaron, porque el viento les empujaba según quisiese soplar, casi espantapájaros sujetos al vino que algunos dejan en cestas para el invierno. Caminaban susurrando, cantando a media voz de coro isabelino las penas que una puta hubo de pasar en su esquina cuando nevaba, las madejas de lana que llevó a tejer, el banquito donde las bragas se le helaron y se quedaron pegadas al hierro, con un ¡ay mi madre!, y un escalofrío de chimichurri, para terminar con unas risas y unos sorbos, a veces señalando al viento un cuervo que pasaba guiñando el ala.
Quizá llegaron por su recuento de pezones, rememorando, imaginando mientras caminaban, pensando en el futuro que podían encontrar, la areola verde de una gipsy que resolviese la suerte echando cartas en el aire; la marca de un mordisco que algún oso le dejó cuando esa rubia puso miel sobre su ombligo; esas cachas grandes y desfasadas, esos pómulos que salían de las axilas para redondearse, casi pelirrojos, en el botón que hacía de postigo para abrir las puertas de un escote; las sonrisas desnudas de una entrepierna, pero eso no son pezones, ya, pero eso también es corazón. Quizá por eso llegaron, cuando caminaban y se acababa el vino y salivaban espuma que sabía a terciopelo: era la imagen de la Yoli o de la Mari en camisón, cuando la luz le traspasaba por la ventana y su cuerpo quedaba translúcido bajo la seda, con los dedos suspirando entre la taza de té y el pelo ocre que revoloteaba, astuto, divertido, y las piernas se abrían un poco para dejar pasar, el olor de la primavera, los cauces de un río que nunca se ha secado pero que nadie sabe dónde encontrarlo. Cómo lo encontraron.
Ahora se ríen, borrachos, mirando la capilla de la iglesia sin saber qué decir, la punta de metal sobre la campana que señala al norte, como si eso fuese una dirección, dice uno, tan desnudos que ahora parece imposible la ropa, la prudencia, el pasado. Mastican las imágenes que les llevaron hasta allí y ellos tampoco se lo explican, ¡es difícil!, por qué cojones no nos ha tocado un rayo en la coronilla y nos quedamos a medio camino, para poder descansar, un poquito, una hiena que desmembrase mis huesillos y los hiciese de metal, ¿no?, ¿fue la Llama que nos llamó una noche como un espectro? Yo creo que fuiste tú, o fue la Otra. Sí, los tres asienten, fue la Otra. Y, al mismo tiempo, la misma imagen aparece sobre la frente de cada uno: las mismas piernas tostadas y amarillas, los mismos muslos de comida de Navidad, la misma nariz que aspiraba las nubes para que no les lloviesen, el color de las abejas en su melena, el sabor de un pan tostado en la línea que les lleva hasta un pezón; la misma savia que desciende, gota a gota, alimentándoles por la noche cuando dormían con las bocas abiertas y las mingas sacadas al aire, apuntando a una estrella donde duermen los chistes y donde Ella ahora espera, pacientemente, a que algún loco se atreva a salir y vuelva al camino.
Cómo llegaron si eran tres, tan solo, tres guijarros que una mañana avanzaban por las calles de Nueva York y un mediodía decidieron cruzar la manzana hasta que encontrasen el alba, mirando tetas y escotes hasta que en las afueras sólo quedaron paradas de autobús y luego, bueno, luego tenían el sexo salvaje de cobayas escondidas en las ramas de algún bosque, apareamientos de burros entre las ciénagas, las manchas que dejaban los coyotes después de alguna masturbación, pensando, imaginando de seguro, se decían, a la Llama Rodríguez, o a la Yoli, seguramente a la Mari Portiños.
Caminaban torcidos sobre la llanura y quizá por eso llegaron, porque el viento les empujaba según quisiese soplar, casi espantapájaros sujetos al vino que algunos dejan en cestas para el invierno. Caminaban susurrando, cantando a media voz de coro isabelino las penas que una puta hubo de pasar en su esquina cuando nevaba, las madejas de lana que llevó a tejer, el banquito donde las bragas se le helaron y se quedaron pegadas al hierro, con un ¡ay mi madre!, y un escalofrío de chimichurri, para terminar con unas risas y unos sorbos, a veces señalando al viento un cuervo que pasaba guiñando el ala.
Quizá llegaron por su recuento de pezones, rememorando, imaginando mientras caminaban, pensando en el futuro que podían encontrar, la areola verde de una gipsy que resolviese la suerte echando cartas en el aire; la marca de un mordisco que algún oso le dejó cuando esa rubia puso miel sobre su ombligo; esas cachas grandes y desfasadas, esos pómulos que salían de las axilas para redondearse, casi pelirrojos, en el botón que hacía de postigo para abrir las puertas de un escote; las sonrisas desnudas de una entrepierna, pero eso no son pezones, ya, pero eso también es corazón. Quizá por eso llegaron, cuando caminaban y se acababa el vino y salivaban espuma que sabía a terciopelo: era la imagen de la Yoli o de la Mari en camisón, cuando la luz le traspasaba por la ventana y su cuerpo quedaba translúcido bajo la seda, con los dedos suspirando entre la taza de té y el pelo ocre que revoloteaba, astuto, divertido, y las piernas se abrían un poco para dejar pasar, el olor de la primavera, los cauces de un río que nunca se ha secado pero que nadie sabe dónde encontrarlo. Cómo lo encontraron.
Ahora se ríen, borrachos, mirando la capilla de la iglesia sin saber qué decir, la punta de metal sobre la campana que señala al norte, como si eso fuese una dirección, dice uno, tan desnudos que ahora parece imposible la ropa, la prudencia, el pasado. Mastican las imágenes que les llevaron hasta allí y ellos tampoco se lo explican, ¡es difícil!, por qué cojones no nos ha tocado un rayo en la coronilla y nos quedamos a medio camino, para poder descansar, un poquito, una hiena que desmembrase mis huesillos y los hiciese de metal, ¿no?, ¿fue la Llama que nos llamó una noche como un espectro? Yo creo que fuiste tú, o fue la Otra. Sí, los tres asienten, fue la Otra. Y, al mismo tiempo, la misma imagen aparece sobre la frente de cada uno: las mismas piernas tostadas y amarillas, los mismos muslos de comida de Navidad, la misma nariz que aspiraba las nubes para que no les lloviesen, el color de las abejas en su melena, el sabor de un pan tostado en la línea que les lleva hasta un pezón; la misma savia que desciende, gota a gota, alimentándoles por la noche cuando dormían con las bocas abiertas y las mingas sacadas al aire, apuntando a una estrella donde duermen los chistes y donde Ella ahora espera, pacientemente, a que algún loco se atreva a salir y vuelva al camino.
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