Siempre están borrachos para la noche, acurrucados muy juntos unos de otros, señalando con las mingas al aire los chistes que se esconden en las estrellas, a punto de soñar, ¡que viene!, a punto de un caramelo sobre la punta de una iglesia. Cómo fue que llegaron si por entonces todas las capillas ya habían ardido. Llegaron caminando, avanzaban sobre la llanura de algodón que no termina, contando los chistes que sus braguetas alojaban durante la noche, como globos sonda que luego pudiesen respirar, la llanura de algodón, el filo de las nubes que siempre parecían a punto de caer sobre alguno. Mostaza y pan duro, sí, pero cómo llegaron. Llegaron caminando y avanzaban con las botellas pegadas a un puño y reían, se partían, se estrujaban con cada nueva invención que la arena de las noches había preparado para ellos.
Cómo llegaron si eran tres, tan solo, tres guijarros que una mañana avanzaban por las calles de Nueva York y un mediodía decidieron cruzar la manzana hasta que encontrasen el alba, mirando tetas y escotes hasta que en las afueras sólo quedaron paradas de autobús y luego, bueno, luego tenían el sexo salvaje de cobayas escondidas en las ramas de algún bosque, apareamientos de burros entre las ciénagas, las manchas que dejaban los coyotes después de alguna masturbación, pensando, imaginando de seguro, se decían, a la Llama Rodríguez, o a la Yoli, seguramente a la Mari Portiños.
Caminaban torcidos sobre la llanura y quizá por eso llegaron, porque el viento les empujaba según quisiese soplar, casi espantapájaros sujetos al vino que algunos dejan en cestas para el invierno. Caminaban susurrando, cantando a media voz de coro isabelino las penas que una puta hubo de pasar en su esquina cuando nevaba, las madejas de lana que llevó a tejer, el banquito donde las bragas se le helaron y se quedaron pegadas al hierro, con un ¡ay mi madre!, y un escalofrío de chimichurri, para terminar con unas risas y unos sorbos, a veces señalando al viento un cuervo que pasaba guiñando el ala.
Quizá llegaron por su recuento de pezones, rememorando, imaginando mientras caminaban, pensando en el futuro que podían encontrar, la areola verde de una gipsy que resolviese la suerte echando cartas en el aire; la marca de un mordisco que algún oso le dejó cuando esa rubia puso miel sobre su ombligo; esas cachas grandes y desfasadas, esos pómulos que salían de las axilas para redondearse, casi pelirrojos, en el botón que hacía de postigo para abrir las puertas de un escote; las sonrisas desnudas de una entrepierna, pero eso no son pezones, ya, pero eso también es corazón. Quizá por eso llegaron, cuando caminaban y se acababa el vino y salivaban espuma que sabía a terciopelo: era la imagen de la Yoli o de la Mari en camisón, cuando la luz le traspasaba por la ventana y su cuerpo quedaba translúcido bajo la seda, con los dedos suspirando entre la taza de té y el pelo ocre que revoloteaba, astuto, divertido, y las piernas se abrían un poco para dejar pasar, el olor de la primavera, los cauces de un río que nunca se ha secado pero que nadie sabe dónde encontrarlo. Cómo lo encontraron.
Ahora se ríen, borrachos, mirando la capilla de la iglesia sin saber qué decir, la punta de metal sobre la campana que señala al norte, como si eso fuese una dirección, dice uno, tan desnudos que ahora parece imposible la ropa, la prudencia, el pasado. Mastican las imágenes que les llevaron hasta allí y ellos tampoco se lo explican, ¡es difícil!, por qué cojones no nos ha tocado un rayo en la coronilla y nos quedamos a medio camino, para poder descansar, un poquito, una hiena que desmembrase mis huesillos y los hiciese de metal, ¿no?, ¿fue la Llama que nos llamó una noche como un espectro? Yo creo que fuiste tú, o fue la Otra. Sí, los tres asienten, fue la Otra. Y, al mismo tiempo, la misma imagen aparece sobre la frente de cada uno: las mismas piernas tostadas y amarillas, los mismos muslos de comida de Navidad, la misma nariz que aspiraba las nubes para que no les lloviesen, el color de las abejas en su melena, el sabor de un pan tostado en la línea que les lleva hasta un pezón; la misma savia que desciende, gota a gota, alimentándoles por la noche cuando dormían con las bocas abiertas y las mingas sacadas al aire, apuntando a una estrella donde duermen los chistes y donde Ella ahora espera, pacientemente, a que algún loco se atreva a salir y vuelva al camino.
sábado, 22 de noviembre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
Iba construyendo anclajes para que la irrealidad se mostrase
así, tal cual, en pelotas, ¡vamos!, pero dónde, dónde se escondía para jugar al
escondite, desde donde alargaba sus uñas carmín para hacerme cosquillas en cada
hueco de cada oreja, mi arcilla humedecida tan sólo para ella.
Daba igual, yo construía y manejaba las hojas de los árboles
que caían en su fecha de caducidad. Los quiosqueros abrían sus fardos con el
peso de una roca, las manchas inundaban las calles, un silbato policial, las
manos, las cebras, la losa de una niña caminando enmudecida con los ojos del
revés, y nadie me veía sentado en cada banco porque soy invisible cuando me
pongo, así, con las hojas y aquel carboncillo con el que construía el andamio
para que apareciese como una cabaretera por encima del escenario, mostrando
apenas, llena de pájaros rodeados sus pezones y un loro que comía por encima
galletitas y pistachos. Era para pararse en cada espacio, palpar las grietas en
la acera buscando el hueco donde desaparecía cada sombra en el párpado de un
ojo, de una rama, de un pequeño brote que salía del hormigón de la pared, un
brote tan verde que brillaba (seguro) entre las velas de cada procesión que
algunos mandaban en nombre de esposas y putas, para qué, yo no veía nada (veía
sus brazos o a veces sus sobacos llenos de una cortina de musgo que parecía
invitar), pero era importante seguir construyendo, zas zas, como rayas que no
servían para nada salvo para seguir en el mundo invisible, y a veces compañeros
aparecían silbando una canción y alzaban los ojos sosteniendo qué hay, cómo
llevas eso de lo interminable.
Pero es importante:
1. la palabra no se entiende.
2. el sentido es sólo un círculo que se vuelve sobre sí
mismo, siempre sonando.
3. el plano no es el mismo.
4. dónde aquí o allá.
5. cuando las manos tocan, cuando la arcilla descubra el
sentido, se volverá a ir, y nunca sabremos qué pasaba antes ni qué es lo que
puede ocurrir cuando las cosas cambian.
6.
Eso fue una tarde con los brazos pesados y la espera de una
pera o un tomate que se derramase sobre mis dedos para sentir cada pepita, cada
reconstrucción de un mundo que podía germinar desde aquello tan diminuto,
sintiendo, un palmo de rama que creciese desde la uña, Pulgarcito siéntate, un
tallo gigante extendiéndose en el espacio. Pero la tarde caía como una piedra
en la cantera y yo también me dejé caer sobre un trozo de metal ahumado.
7.
Los papeles se manchan con la idea, siguiendo, intuyendo,
qué podía construir que no estuviese ya en una imagen. Quién se podía colar en
la idea de cualquier ser. Veía gorriones y albatros volando en círculos sobre
la plaza del mercado. Una pierna que se estiraba, el boceto de una sombra de
ojos en el párpado ajeno. Era ella la que podía estar, pero era ella la que
nunca estaba.
8.
La tarde se derramaba con una salsa champiñón sobre las
cuestas y todos los tristes se acercaban al puente grande para lanzar caramelos
y había guías turísticos esperando al arancel, vendedores de cucuruchos mojados
que estrujaban boletos de lotería antiguos en la esquina de un parque, todo lo
que se podía mirar desde la calle, aplanado, qué podía esperar salvo una
destrucción, yo (invisible), una caída en el olvido, sin dejar la siempre y
constante esperanza de que ella pudiese aparecer.
9.
Me sumergí en una grieta donde las llaves no existían. Entre
las líneas del pavimento dejé la mano de un anciano que quería ver. Me sumergí
y sumergiendo llegué al tronco, con los ojos cerrados y las piernas abiertas,
me senté sobre su regazo y vi, desde muy lejos, a la gente que caminaba y la
gente que sonreía y la gente que se abrazaba entre los bancos y las cervezas
que parecían sostenerlo todo de una manera muy especial. Todos estaban
alrededor del sonido y daba igual si nadie escuchaba, si nadie prestaba
atención. El sonido estaba allí, enterrado en la tierra, viviente. Ella había
dejado su semilla y las almas podían cantar cada noche y volver a escapar,
podían salir de caza y jugar entre ellas volando y silbando la armonía del
círculo cazando las moscas invisibles que eran (antes) alimento del ser con
hoyuelos gigantes que eran las formas de sus alas y las risas que parecían
cometas cayendo desde la galaxia más lejana. Cada vez eran más y llegaban con
más fuerza y era imposible no escuchar sus chillidos de réplica, atención, porque
el mundo era imposible, lamiendo todas ellas las orejas llenas de arcilla para
alimentar sus pesos y volverse a ir. Sí, se iban, mirando desde la grieta,
incluso, y así tenía que ser, quizá, en otro momento, para volver.
10.
Ella siempre escapa antes de que nada pueda comprender sus
senos.
11.
Sólo existen esas constructas que hacen que vuelva, a veces,
como un conjuro que evapora malas ratas, como una imagen que crea lo que
presenta, el silbido de buenas noches en el puente de los tristes, la
reconstrucción, acaso parcial, para que uno, alguno, tal vez (un poco
despistado como yo) vuelva a subirse al andamio y pueda caer por entre la
grieta.
jueves, 14 de agosto de 2014
Sólo podía mirar al suelo, las piedras que brillaban la lona de la cuesta que bajaba en diagonal, casi un giro, casi un suspiro de la ciudad donde construían los gigantes.
Sólo miraba al suelo y las bicis los monociclos los dos o tres taxistas que se atrevían a subir hasta allí me atravesaban como al viento que se lleva los granos de la adolescencia, pero el tiempo es duración (dijeron las voces que me cogían a veces de la mano), el tiempo mea bourbon escocés (dijo ella) y yo no dije nada porque las palabras se me velan si no las veo en el fondo de un mar transparente y aquello sólo eran piedras o mis dedos que seguían bajando por la cuesta milenaria, piedras que brillaban en diagonal, lascas deslizantes de millones de pies y trasiegos borrachines, pedruscos redondeados que se me clavaban en la planta como si no fuese ese el mundo por donde iba caminando, desde muy lejos, todo, mis ojos, en la puerta de un jardín que se ocultaba entre las nubes, viendo las manchas de su vestido que sacudía un poco por delante de mí; mis dedos, desde arriba del monte sacro que oteaba la ciudad, alargándose para tomar su codo que se erguía como un pedestal entre las zarzas y farolas y las puertas del camino; mi ombligo, tan cerca del aire y tan fuera de toda la casualidad que se seguía entre las piedras, intentando asir el hueco donde ella era cóncava y el puesto era convexo para que lo pudiese ocupar, pero al final, verbigracia!, las piedras se traicionaron de la misma forma que la basura siempre apesta en una esquina y una roca resaltante con chicle adosado en la punta se apoyó sobre mis labios y empujó mi pie estéril y mis dedos se torcieron y todo lo que tuve que hacer fue gritar, ay que me caigo! justo cuando sus dedos se acercaban casi a punto y su mirada se giraba hacia mí como la más grande de las niñas pequeñas que juegan en los parques, justo cuando sus tobillos sonreían para jamás y el tiempo se zambullía entre sus piernas sudorosas.
Zas!
Así fue el abrazo a un milímetro de la muerte, de las nubes y el aire de la distancia final-inabarcable. Ella sudaba por detrás de las rodillas y le temblaban los labios con un que te mareas chavalín, pero por mucho que conociese el miedo, por mucho que las flores fuesen su nombre entre las nieves tragaldabas, sus orejas eran grandes y succionaban el viento alrededor y de entre sus pechos, aullando, salían los coyotes que esparcían la gracia de un pezón y correteaban por las calles y las aceras llenas de repartidores de pizza somnolientos. Las piedras sólo eran burbujas donde sus dedos me sujetaban y el final de la cuesta se veía por fin en un recodo del zigzag.
Allí estaba el Gordo, con sus capas adosadas una encima de otra en el sudor pegajoso que lo unía en un todo balancín, bamboleándose de aquí para allá como si un borracho intentase bailar consigo mismo al espejo y muy despacio, en cada transpiración de cada salchicha que salía por su cuerpo, ponía las mesas de plástico frente a la plaza sin dejar de fumar un cigarrillo que parecía eterna ceniza humeante a punto de caer. Justo cuando nos sentamos aparecieron las cervezas y justo cuando bebimos se me ocurrió el azar, el mar transparente en el que residía un segundo de cada vida que era el suficiente se abría en una franja con la palabra de un canto nuevo, quizá.
Yo soy el conde (dijeron las voces).
Tú eres la cumbia, mulata.
Pues ponme otro botellín (y sonreía con las manos abiertas y las cejas apretadas hacia mí), pero el conde de qué?
El de la verruga amarilla.
De la falda escocesa.
De la liebre que vuela mirando hacia atrás.
El del asiento ocupado.
O el del monte más cercano.
Sólo miraba al suelo y las bicis los monociclos los dos o tres taxistas que se atrevían a subir hasta allí me atravesaban como al viento que se lleva los granos de la adolescencia, pero el tiempo es duración (dijeron las voces que me cogían a veces de la mano), el tiempo mea bourbon escocés (dijo ella) y yo no dije nada porque las palabras se me velan si no las veo en el fondo de un mar transparente y aquello sólo eran piedras o mis dedos que seguían bajando por la cuesta milenaria, piedras que brillaban en diagonal, lascas deslizantes de millones de pies y trasiegos borrachines, pedruscos redondeados que se me clavaban en la planta como si no fuese ese el mundo por donde iba caminando, desde muy lejos, todo, mis ojos, en la puerta de un jardín que se ocultaba entre las nubes, viendo las manchas de su vestido que sacudía un poco por delante de mí; mis dedos, desde arriba del monte sacro que oteaba la ciudad, alargándose para tomar su codo que se erguía como un pedestal entre las zarzas y farolas y las puertas del camino; mi ombligo, tan cerca del aire y tan fuera de toda la casualidad que se seguía entre las piedras, intentando asir el hueco donde ella era cóncava y el puesto era convexo para que lo pudiese ocupar, pero al final, verbigracia!, las piedras se traicionaron de la misma forma que la basura siempre apesta en una esquina y una roca resaltante con chicle adosado en la punta se apoyó sobre mis labios y empujó mi pie estéril y mis dedos se torcieron y todo lo que tuve que hacer fue gritar, ay que me caigo! justo cuando sus dedos se acercaban casi a punto y su mirada se giraba hacia mí como la más grande de las niñas pequeñas que juegan en los parques, justo cuando sus tobillos sonreían para jamás y el tiempo se zambullía entre sus piernas sudorosas.
Zas!
Así fue el abrazo a un milímetro de la muerte, de las nubes y el aire de la distancia final-inabarcable. Ella sudaba por detrás de las rodillas y le temblaban los labios con un que te mareas chavalín, pero por mucho que conociese el miedo, por mucho que las flores fuesen su nombre entre las nieves tragaldabas, sus orejas eran grandes y succionaban el viento alrededor y de entre sus pechos, aullando, salían los coyotes que esparcían la gracia de un pezón y correteaban por las calles y las aceras llenas de repartidores de pizza somnolientos. Las piedras sólo eran burbujas donde sus dedos me sujetaban y el final de la cuesta se veía por fin en un recodo del zigzag.
Allí estaba el Gordo, con sus capas adosadas una encima de otra en el sudor pegajoso que lo unía en un todo balancín, bamboleándose de aquí para allá como si un borracho intentase bailar consigo mismo al espejo y muy despacio, en cada transpiración de cada salchicha que salía por su cuerpo, ponía las mesas de plástico frente a la plaza sin dejar de fumar un cigarrillo que parecía eterna ceniza humeante a punto de caer. Justo cuando nos sentamos aparecieron las cervezas y justo cuando bebimos se me ocurrió el azar, el mar transparente en el que residía un segundo de cada vida que era el suficiente se abría en una franja con la palabra de un canto nuevo, quizá.
Yo soy el conde (dijeron las voces).
Tú eres la cumbia, mulata.
Pues ponme otro botellín (y sonreía con las manos abiertas y las cejas apretadas hacia mí), pero el conde de qué?
El de la verruga amarilla.
De la falda escocesa.
De la liebre que vuela mirando hacia atrás.
El del asiento ocupado.
O el del monte más cercano.
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